
María Corina Machado
Por Rebeca Solano
María Corina Machado hizo todo “bien” según el manual moral de la política: resistió, habló claro, no negoció con el autoritarismo, salió del país como símbolo y recibió el Nobel. En cualquier relato épico, ese es el momento en que la protagonista entra al palacio. Pero la política real no es un relato épico: es una sala fría donde deciden otros, con mapas, petróleo y en busca del dinero.
La sacan de la jugada no porque no represente a Venezuela, sino porque la representa demasiado. Porque no controla militares, no administra el aparato, no garantiza continuidad. Porque su llegada significaba ruptura y desmantelamiento. Y quienes mandan no querían justicia ni democracia inmediata: querían orden y que el sistema siguiera funcionando al día siguiente, bajo sus órdenes y control absoluto. Para eso, prefirieron a alguien del régimen. Más confiable. Más manejable. Más útil.
La tragedia de Machado es brutal: ganó la batalla moral y perdió la del poder. Su error no fue el discurso, ni el Nobel, ni la firmeza; fue creer que eso bastaba. En el mundo real, los símbolos inspiran, pero no gobiernan. Y cuando el poder decide, no elige a quien encarna el cambio, sino a quien garantiza que nada se descomponga.
