14 de enero de 2026

Por Eduardo Guerrero Gutiérrez

México se verá orillado a tomar medidas que sólo respondan a las fobias e intereses de corto plazo de Trump, pero que probablemente no sean las idóneas para fortalecer o mantener el proceso de pacificación de nuestro país.

Hace un año, cuando la fijación de Trump con los aranceles estaba en su apogeo, el gobierno de Claudia Sheinbaum tomó una decisión pragmática.

Mandó a Estados Unidos, en fast track, a 29 capos criminales. Los derechos procesales de los trasladados fueron simplemente ignorados. Esa primera ofrenda nos compró alguna prórroga y una cierta dosis de buena voluntad en la relación bilateral con Washington.

Con el tiempo, la carta de los aranceles se desgastó, principalmente porque los primeros en oponerse eran los empresarios norteamericanos.

Sin embargo, tras la extracción o secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro, Trump parece haber encontrado una carta más eficaz y menos onerosa: la intervención militar directa en otros países de la región.

México, por desgracia, está otra vez en el top 5 de la lista de blancos prioritarios.

En el caso de nuestro país el lenguaje de Trump sólo es muy ligeramente velado. Dice que la presidenta es una mujer maravillosa, pero aún así insiste en que los cárteles son los que gobiernan en México. Traducción: lo que la Casa Blanca exige ahora no es otra cosa que la cabeza de ciertos morenistas, de alto perfil, de los que se sabe que colaboran con el crimen organizado. Podemos imaginar de quiénes. Unos ya han sido marcados por la revocación de visas, otros por el escándalo de las actividades criminales que solapaban desde sus cargos públicos.

Esta exigencia de limpiar la casa pone de nueva cuenta a la presidenta entre la espada y la pared. Por un lado, si no se atiende en el corto plazo, la impaciencia al norte de la frontera podría cualquier día de estos terminar en un golpe militar en territorio nacional, y abrir una crisis de consecuencias incalculables. Con Trump nada puede descartarse por completo. Sin embargo, me parece poco probable que intente una incursión terrestre de largo aliento. Es más factible que dirija ataques relámpago con drones y armas “sónicas” como al parecer hizo en Venezuela. Estos ataques podrían dirigirse contra instalaciones estratégicas del CJNG, o para extraer a uno o varios capos de alto perfil, o incluso a alguno de los políticos vinculados al crimen organizado. Se haría sin avisar y sin dar a la presidenta margen para articular una explicación decorosa y creíble. En cuestión de minutos, estaríamos ante un hecho consumado. Además, después de una primera agresión, Washington estaría en posición de exigir subordinación absoluta, tal como hace ahora con el gobierno títere de Venezuela.

Por otro lado, si se opta por la ruta de colaborar con Washington lo que estará en juego será la unidad del partido oficial. Si Palacio Nacional decide plegarse sin más a las pretensiones de nuestros vecinos e inicia la cacería de brujas, los morenistas que saben que están en la mira del Tío Sam buscarán envolverse en el lábaro patrio y explotar a su favor el sentimiento antiyanqui. Tal vez no tarden en curarse en salud. No debería sorprendernos si en los próximos días veamos multiplicarse las movilizaciones y actos de repudio al ‘imperialismo’ norteamericano. Ni tampoco debería sorprendernos demasiado si estos actos escalan en violencia, o si empezamos a notar que están bien organizados y bien provistos de recursos.

Me parece que, así como pasó con los 29 ‘traslados’ del año pasado, Palacio Nacional terminará por ceder otra vez ante las exigencias de Washington.

En efecto, es lastimoso este nuevo intervencionismo, que no hace el más mínimo esfuerzo por guardar las formas. Lo más grave es que México se verá orillado a tomar medidas que sólo respondan a las fobias e intereses de corto plazo de Trump, pero que probablemente no sean las idóneas para fortalecer o mantener el proceso de pacificación de nuestro país.

Sin embargo, desde una visión pragmática, la presidenta podría salir fortalecida de la actual coyuntura si juega bien sus cartas. La amenaza de intervención militar le da el pretexto ideal para tomar acciones drásticas, que en otro contexto serían impensables, pero que podrían terminar por fortalecerla: depurar al partido oficial de algunos de sus personajes más impresentables, que al mismo tiempo son también sus principales adversarios.

Una ventaja es que la cohesión de Morena depende en buena medida de lo que diga una sola persona –con domicilio en Palenque, Chiapas– y con una sola persona es bastante viable negociar. Aunque este actor ya se ha manifestado en contra de las embestidas de Trump, probablemente esté dispuesto a alinearse, si se le ofrecen garantías de que nadie va a tocarlo, ni a él, ni a su familia. Si con él es posible llegar a un acuerdo, lo más seguro es que el gobierno concluya que los demás pueden sacrificarse.