11 de enero de 2026

AGN Veracruz

Por Silvia Núñez Hernández

La pregunta correcta no es si Donald J. Trump cumplirá sus promesas. La pregunta incómoda —la que nadie en el poder quiere formular— es quién cargará con la culpa si decide hacerlo. Y la respuesta no está en Washington. Está en Palacio Nacional. Porque cuando un presidente extranjero se siente con derecho a intervenir, casi siempre es porque alguien aquí le abrió la puerta: con miedo, con silencio, con una omisión que dejó de ser error para convertirse en decisión política.

Si Trump cruza la línea, la responsabilidad no será de él. Será de quien, sentada en la silla presidencial, prefirió no gobernar. No hacer nada también es hacer algo. Y en política, no enfrentar al crimen organizado equivale a pactar con sus efectos. Hoy, Claudia Sheinbaum Pardo empuja —por omisión— a que un presidente extranjero se sienta con licencia para “poner orden” donde el Estado mexicano decidió no ejercer su autoridad.

Desde su llegada al poder, la ruta fue clara: continuidad sin ruptura. Continuidad de una estrategia que normalizó el horror y administró el desastre. Se heredó la narrativa de los “abrazos” y se conservó el miedo como política pública. Territorios capturados, autoridades sometidas, cifras maquilladas y un discurso que confunde prudencia con parálisis. El mensaje fue inequívoco: no se toca a los cárteles; se les rodea con eufemismos, se les nombra “fenómeno complejo” y se les tolera como si fueran un mal inevitable.

Mientras tanto, el discurso externo se tensó. Estados Unidos endureció su retórica y México respondió con comunicados tibios y sonrisas forzadas. No hubo estrategia ni mensaje firme. Hubo una diplomacia del silencio que alimentó la narrativa más peligrosa: el vacío de poder. Y cuando el vacío se instala, otros lo llenan.

Trump no inventó la coartada: se la dieron. Cada región dominada por el crimen, cada autoridad intimidada, cada operativo inexistente refuerza el argumento de la intervención. No es amor por México; es control y política interna. El error fatal fue, además, defender dictadores y alinearse con un aparato partidista incrustado hasta en los baños del poder, confundiendo soberanía con complicidad. Mientras Trump advertía sin rodeos, aquí se optó por mirar hacia otro lado.

Advertencia pública, hora marcada y coartada servida

El 3 de enero de 2026, desde Washington, durante una entrevista transmitida por Fox News, Trump fue explícito. No habló en abstracto ni dejó lugar a interpretaciones diplomáticas. Dijo, textualmente, que “hay que hacer algo con México” porque “los cárteles gobiernan el país”, y remató con una frase que debería haber encendido todas las alertas en Palacio Nacional: “ella no gobierna México”. Añadió que ha preguntado en varias ocasiones si Estados Unidos debe “eliminar a los cárteles” y que, según él, la respuesta ha sido negativa.

Horas después, a bordo del avión presidencial, volvió a insistir: México hace poco o nada contra los cárteles; si les tienen miedo, él intervendrá. No fue un exabrupto. Fue una advertencia reiterada, pública y cronológicamente consistente. Y Marco Rubio ya lo dejó claro en conferencia: lo que Trump dice, lo cumple. Cuando ese “cumplimiento” se traduce en seguridad, los tratados y la soberanía suelen convertirse en obstáculos prescindibles.

Mientras esto ocurría, en México se montaba el teatro. Senadores oficialistas, gobernadores y exgobernadores salieron en bloque a defender la soberanía… de Venezuela. Comunicados solemnes, publicaciones en redes, discursos inflamados sobre la no intervención. La bancada de Morena en el Senado, Cuitláhuac García Jiménez y la zacatecana Rocío Nahle García, entre otros, se rasgaron las vestiduras por un país extranjero mientras México se desangra bajo el control del crimen organizado.

Eso no es defender la soberanía. Eso es cinismo. Porque mientras hablan de patria, han saqueado al país, han normalizado la violencia, han permitido la captura territorial y han convertido el presupuesto público en botín político. Defender dictaduras ajenas mientras se abandona el Estado propio sí es traicionar a la nación. Eso es ser parásitos del sistema, no defensores de la patria.

Si Trump ataca a México, la única culpable será Claudia Sheinbaum Pardo. Por cobarde. Por omisa. Por proteger al crimen organizado mientras habla de soberanía. No será una invasión repentina; será el desenlace lógico de años de mentiras, indolencia y miedo.

Ahora, lo esencial: ¿qué es defender la autoridad realmente?
Defender la autoridad no es gritar “soberanía” en redes ni colgarse banderas para tapar la ineptitud. Defender la autoridad es ejercer el monopolio legítimo de la fuerza conforme a la ley; recuperar territorios, desarticular estructuras criminales, investigar y sancionar a quien corrompe instituciones, proteger a la ciudadanía y responder con resultados, no con consignas. Es gobernar sin miedo. Es mandar sin pactar con el terror.

Y el mensaje final va para los chairos autoproclamados defensores de la patria:

Pongan sus barbas a remojar. Dejen de parasitar el discurso de la soberanía mientras viven del presupuesto y del aplauso fácil. Trabajen. Exijan resultados. Rompan la comodidad de la consigna. Defender a la patria no es justificar la omisión ni aplaudir la complicidad; defender a la patria es producir, exigir, construir Estado y enfrentar al crimen. Todo lo demás es ruido. Y el ruido no protege a nadie.