15 de enero de 2026

AGN Veracruz

Por Silvia Núñez Hernández

Hoy es el día.

Hoy, María Corina Machado Parisca, la dirigente opositora venezolana, tiene previsto sentarse con Donald Trump en la Casa Blanca. No es un saludo protocolario ni una foto de pasillo. Es una reunión privada, con agenda política, en la que —según lo anunciado— se hablará del destino de Venezuela, del reacomodo regional y del escenario posterior a Nicolás Maduro.

Todavía no ocurre, pero el solo hecho de que vaya a ocurrir ya dice mucho. En política internacional, a veces el anuncio pesa tanto como el acto mismo. Porque sentarse no es llegar temprano: es haber sido considerada, es haber cruzado el filtro del poder real, ese que no se alcanza con discursos ni con boletines de prensa.

Y mientras esa silla espera a María Corina en Washington, en México ocurre otra escena, mucho menos solemne y bastante más reveladora. Aquí, la presidenta Claudia Sheinbaum explica que después del 20 de enero buscará una llamada telefónica con Trump. No una reunión. No una cita. Una llamada. Para ver si se puede acordar algo. Para ver si se dan las condiciones. Para ver si, eventualmente, se concreta un encuentro.

La política exterior convertida en futuro condicional.

La diferencia es brutal y, si se observa sin solemnidad, incluso ridícula. Una mujer sin aparato estatal, sin cancillería, sin embajadas alineadas, consigue que la estén esperando en la mesa. Una presidenta constitucional, con todo el aparato del poder detrás, explica que está viendo cuándo y cómo llamar.

María Corina aún no se sienta, es cierto. Pero ya la están esperando.

Sheinbaum gobierna un país de más de 130 millones de personas y todavía está viendo cuándo le contestan el teléfono.

El contraste no es ideológico; es político. No tiene que ver con izquierdas o derechas, sino con algo más elemental: capacidad de incidencia real. En el tablero hemisférico hay actores que obligan a la conversación y otros que la solicitan con cautela, con miedo a incomodar, con la esperanza de no ser ignorados. Unos imponen tiempos; otros los aceptan.

Mientras desde México se enumeran los temas “a tratar” como si fueran programa de foro —T-MEC, seguridad, Mundial 2026—, del otro lado del río Bravo el mensaje es más seco: primero decidimos con quién nos sentamos y luego de qué hablamos. Y hoy, quien está en esa lista no es la presidenta mexicana, sino una opositora venezolana.

La ironía es inevitable.

María Corina está por sentarse a hablar del futuro de su país.

Sheinbaum sigue explicando que después del 20 quizá hablará del suyo.

María Corina Machado Parisca, una mujer empoderada, que defendió a su país, que fue perseguida y en una ocasión secuestrada por el régimen de Nicolás Maduro, el dictador que se sintió intocable, estará compartiendo espacio oficial con Donald Trump para discutir el destino de Venezuela. Mientras tanto, en México, Claudia Sheinbaum paga encuestas para mentirse a sí misma, intentando convencerse de una aceptación que no existe, cuando la cruda realidad es que un amplio sector de la sociedad mexicana la repudia.

La misma que no tuvo la estatura política —ni ética— para felicitar a María Corina Machado Parisca cuando fue reconocida con el Premio Nobel de la Paz, hoy queda con la boca cerrada al verla lograr lo que ella no ha conseguido como presidenta de una nación: ser recibida, ser escuchada, ser considerada. Y visto cómo van las cosas, mejor que ese encuentro prometido no se dé.