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Pedro Cruz

Veracruzano, se graduó de la licenciatura de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana; inició sus actividades periodísticas como reportero de Sucesos en El Dictamen. Ha intentado cultivar todos los géneros periodísticos. Ha sido jefe de prensa en organismos privados. Actualmente es asesor independiente  en comunicación social. Es un lector voraz.

pedrocruz13@yahoo.com.mx

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La lumbre que lo devoraba todo

Jueves, 19 Enero 2017 19:35

Mi recuerdo se concentra sólo en su nombre, porque me remite a la primavera perpetua;  a mi primera juventud. A la lumbre que lo devoraba a su paso.

Ha pasado ya mucho tiempo y trato de ordenar mis pensamientos como tratando de armar un rompecabezas al que le faltan piezas. Todos, sin excepción, tuvimos un amor en  la juventud. Luego perdemos el placer de andar en bicicleta y  crecemos arrinconando los recuerdos en el desván de la memoria.

Se llamaba Marisol.

Tenía la piel blanca, blanca, como la leche y el cabello negro, negro, y largo, como una  noche sin estrellas.

De sus ojos no me acuerdo pero su aroma todavía lo traigo vivo, impregnado en los  vellos de mi nariz, encriptado en el tálamo de mi cerebro.  Era todas las  fragancias vivas, frescas y dulces del mundo.

Podemos, a estas alturas,  darnos el lujo de reflexionar un momento: cómo puede uno asociar imágenes con sensaciones que te llevan, en ocasiones,  hasta la convulsión total, hasta el orgasmo.

Por ejemplo, ahora que pienso en ella, mi boca se vuelve un torrente de agua. No podemos regresar el tiempo como una cinta de cine, pero tenemos los recuerdos que es lo más importante y es lo que nos hace diferente a los animales.

Es curioso cómo transcurre la vida tan de aprisa  y cómo somos capaces de atesorar los recuerdos, felices o desgraciados, en lo más profundo de nuestra alma.

Hay cosas abominables que se olvidan para siempre y otras gratificantes que perduran. O viceversa, afortunadamente he podido olvidar las tragedias y mantener los momentos  alegres vivos; tal vez por eso aún me siento joven.

Mantenemos situaciones guardadas en un cofre en el corazón y de repente, en determinado día, cuando no tienes nada qué hacer o en qué pensar, saltan como el conejo en la chistera de un mago.

Los malos recuerdos son lamentables. Como las revelaciones de aquél  que tiene siempre presente los abusos de su padre o  situaciones aún peores.

Como dije antes, afortunadamente no cargo con ese tipo fardos. Deben ser piedras muy pesadas; tengo, en ocasiones,  malas noches y pesadillas,  pero ningún recuerdo que me orille a buscar revanchas, todo lo contrario,  perdura en mi memoria la imagen de un niño  que corre a  lomo en  un caballo desbocado. Las tardes en la playa o siguiendo las luciérnagas en la noche hasta llegar a la guarida de los lobos.

Lo más hermoso de tu juventud es que no hay preocupaciones de ningún tipo; sólo te dejas llevar como en un río crecido que te arrastra lejos. Si señor, ni más ni menos, con los brazos abiertos al sol, aspirando todas las fragancias del campo o de la ciudad.

Yo recuerdo a Marisol, por su lengua de serpiente. Aunque más joven que yo, resultó una maestra en las artes amatorias.  Hay mujeres que nunca aprenderán a besar, porque carecen de talento natural para la cama.

Se quedarán siempre en la orilla, chacualeando en las aguas pantanosas de la frigidez o de la timidez, quién puede saberlo.  Nunca obtendrán la valentía de exponer sus caderas desnudas al sol.

Otras en cambio traen una sabiduría personal, innata, para caminar  por los senderos  más  sinuosos y  siempre saldrán a flote por su arte. Marisol era una de esas.

La  conocí cuando ambos empezábamos a vivir. Hasta antes de esa parte, mi vida parecía insignificante,  similar a la del niño que tiene todas las cosas de comer al alcance de su mano, pero no tiene apetito.

Debió haber sido a finales de septiembre, cuando iniciaba el último curso. Es lamentable cómo pierdes el tiempo en cosas banales y ordinarias, cuando no tienes la capacidad para discernir  lo que realmente es útil en la vida.

Muchas veces te la pasas sentado en el quicio de la puerta de tu casa, mientras la felicidad pasa, rauda y veloz,  en una motocicleta, esperando que la sigas. Hay quienes no se quitarán nunca la venda de los ojos.

Otros, en cambio,  apenas nos dan una oportunidad y rompemos la piñata a palos  y arrebatamos todos los dulces.

Cuando logré avanzar por el sendero oscuro del bosque para enfrentarme a lo desconocido,  encontré a Marisol, en un halo de luz que provenía de la Vía Láctea en medio de un jardín de girasoles,  esperándome con los brazos abiertos.

Una noche sin luna. Sacudió su corta melena inmensamente negra,  me  tomo de la mano y me dijo: “no tengas miedo”, sólo hay que  dejarse llevar, como la barca que se queda a la deriva en altamar, sin voluntad propia para ir  a ningún lado.

En la total oscuridad, sin estrellas en el firmamento, abrió mi boca y sorbió la savia de mi cuerpo. Metió su lengua, filosa y resbaladiza  como una anguila, hasta el fondo de mi  garganta.

Al principio me asustó esa enorme víbora  tocando mis dientes, mis encías, enredándose con mi propia lengua, llegando hasta la faringe.

Todavía siento el  calor de su  aliento y la sensación de un  pulpo gigante que entra y sale por mi boca para repasar todas mis entrañas, hasta sacar sus  tentáculos por  los hoyos de mi nariz.

Luego cambiaba de táctica. Empezaba dando besos suaves como se besa a un recién nacido. Primero en los labios cerrados, luego en las mejillas,  en el lóbulo de la oreja izquierda, en el cuello.

Tras una pausa, su lengua iba volviéndose inmensa y rasposa como una lija para repasar mi pecho, mi espalda, mis brazos, mis piernas hasta convertirse en una ola gigante que me devoraba todo hasta llegar a la explosión de fuegos artificiales.

Ignoro si actualmente vive. Un nortazo de más cien kilómetros por hora, muy comunes en el puerto, se la llevó.  Sólo alcanzó a decirme adiós entre la hojarasca y la basura que barría a su paso.

Lo que conservo es el recuerdo de los tentáculos de un calamar gigante  que aún en estos días  me ahoga al llegar hasta el vértice  de mi garganta y de mí corazón.

 

 

Era el primer cliente del día.

Del otro lado de la barra, Mario me miró con misericordia, como se mira a un soldado herido en el campo de batalla.

Yo en cambio, como avergonzado, observé  mi reloj de pulsera. Las once de la mañana menos 15 minutos del sábado 23 de octubre. Una empleada terminaba de hacer la limpieza y ordenar las mesas.

Temprano, sin duda, pero mi cuerpo no resistía más. Afuera el sol daba pleno. Las señoras iban al mercado buscando las aceras con sombra. Los pichos trinaban alegres en las frondosas copas de los almendros y las palomas buscan romper las redes protectoras del friso del edificio de Correos.

Los coches pasaban raudos por la avenida y unos preparatorianos, tomados de la mano, se cruzaron por mi foco visual que me proporcionaba la ventana.

—No te preocupes lic, yo tengo la cura, dijo Mario, esbozando una sonrisa enigmática, que de momento no pude descifrar, si era de lástima u orgullo.

Lo miré borroso, desenfocado, como un zoom mal ajustado, como puede ver un hombre con el cerebro embotado, la garganta seca y las manos tembleques.

El barman parecía un sacerdote pagano; vestido con un delantal blanco, una gorra sin visera, la barba canosa hirsuta, los dientes amarillos y la sonrisa ensayada.

Atrás de él, cientos de botellas alineadas según su categoría y como escenografía el sincretismo religioso: lo culto y lo pagano. Casi frente a frente, dos altares, todavía con sus veladoras prendidas, uno para consagrar a la virgen de Guadalupe, el otro a la Santa Muerte, oscura, misteriosa, con su guadaña en la mano.

---No recuerdo cómo había llegado a mi departamento unas horas antes: las cuatro o las cinco de la mañana. Cómo saberlo en el estado en que me encontraba, totalmente intoxicado.

Tampoco recuerdo cómo pagué y bajé del taxi, ni cómo subí tres pisos; ni cómo introduje la llave en la cerradura y cerré la puerta.

Desperté cuando los rayos del sol, imprudentes, se filtraron por la ventana. Me descubrí empapado en sudor, tendido en el sofá, vestido y con los zapatos puestos, los lentes tirados bajo el mueble y una sed espantosa.

La crisis de los cuarenta es una cosa seria, pensé mientras me dirigí al baño. Oriné un potente chorro amarillo y espumoso. Mientras me abrochaba los pantalones me miré en el espejo del lavabo. No me reconocí; era mí otro yo el que se estaba reflejando.

Mi mujer se había marchado dos meses antes, cuando comprendió que nada iba a cambiar. Simplemente tomó sus cosas y se fue.  Comprendí su procedimiento, no hice ningún esfuerzo por detenerla, que caso tendría y seguí en montado en ese tren de vida sin freno.

Frente al espejo traté de hace algunas inflexiones pero percibí todos los músculos del cuerpo atrofiados; el cuello adolorido por la posición incómoda en que pasé el resto la noche.

Regresé a la sala para ver los destrozos del naufragio en que se había convertido vida.

Pensé en el decálogo del Maestro Antonio Velasco.

Primer punto:

–No te arrepientas de nada de lo que hiciste la noche anterior.

Segundo punto:

–No veas tu billetera.

Tercer punto:

–Tienes que seguir la celebrando, hasta que se te acabe la cuerda.

Revisé mis escasas partencias en las bolsas del pantalón: dos teléfonos celulares, las llaves, unas cuantas monedas y palpé la billetera intacta en la bosa trasera.

A punto estuve de revisar su contenido, pero me contuve. Seguí el paso del manual del buen tomador y no la abrí.
Miré mi reloj de pulsera, las diez y diez de mañana.

Recordé que era sábado, que no tenía caso ir a la oficina.

En un tiempo, fui la promesa del bufete de abogados Peralta, Cotrina y Asociados, donde laboraba, pero en los últimos años le había perdido el sabor al caldo a los litigios judiciales.

Estaba relegado a los casos sin importancia. Quizá había algo qué revisar, pero no era mi prioridad en ese momento.

Tomé las cosas con filosofía.

—Otros hombres más importantes que yo están muertos, dije en voz alta mientras me dirigía al refrigerador.

Pensé en Kennedy, en Juárez, en Martin Luther King, en el general Custer, en el soldado espartano que nunca retrocedió en la guerra del Poloponeso.

En lo que no quise pensar fue en la juerga de la noche anterior e hice una prioridad de las urgencias inmediatas.

Concluí: aliviarme el dolor que me aquejaba.

Mi cuerpo hervía por dentro.

Luego de bañarme y afeitarme de vestí de tiqui-tiqui.

–Un crudo, no puede dar lástima por su apariencia, le hablé al espejo mientras me ponía agua de colonia y éste me reflejaba una imagen muy distinta a la de hace un momento.

—Se llama Piedra, precisó Mario mientras ponía en una copa enorme, como en la que tomaba Agustín Lara y Pérez de León, todos los menjurjes de su barra.

Whisky, ron, vodka, tequila, brandy, y otros licores que no identifique. Luego coloco dos hielos y me ofreció el brebaje como el elixir de los dioses para aliviar a los mortales.

Lo probé. Tenía un rezago dulzón. Primero, apenas mojando los labios, luego di un sorbo y sentí cómo un río de energía penetraba por mi garganta, quemando todo a su paso.

Al tercer trago mis manos dejaron de temblar y el foco de visión se aclaró, como un telefoto bien ajustado. Dejé de sudar y mi sangre empezó a fluir a mi cerebro y a mi corazón.

—Sólo recomiendo dos, advirtió Mario.

—La tercera es por tu cuenta y riesgo.
—Dos y luego un Puerto Rico—, sentenció con su sonrisa misteriosa.

Me tomé la segunda Piedra. Empecé a ver las cosas del mundo más bellas al mediodía. Me paré en el vano de la puerta de ese templo de la perdición para ver y oler los olores de calle.

Una mulata con unas caderas enormes cruzo la avenida. Me entraron unas ganas inmensas de tenerla cerca y tocar  sus voluptuosas formas. Me relamí los labios.

Regresé a mi puesto en la barra. Entre  Coquito, Mary la Supertetas y el licenciado  Buchanas que se había incorporado.  Ambas me parecieron las mujeres más hermosas del mundo.

Marío, le dije con voz autoritaria, mi Puerto Rico y lo que pidan las damas.