
Por Silvia Núñez Hernández
Gerardo Fernández Noroña no debate: agrede. Su trayectoria política ha estado marcada por un patrón constante de violencia verbal contra mujeres. No se trata de episodios aislados ni de “calenturas de campaña”: es una conducta reiterada, sostenida y funcional para su propio posicionamiento dentro del obradorismo. Hoy centra sus ataques en Grecia, pero antes fueron periodistas, activistas y figuras públicas como Lilly Téllez. El denominador común es claro: mujeres que no se someten a su narrativa y que no le rinden pleitesía política.
Pero aquí aparece la pregunta que el poder intenta evadir: ¿por qué Claudia Sheinbaum lo consiente? La respuesta es sencilla y profundamente torva: porque ella misma requiere debilitar a Grecia, neutralizarla, hacerla políticamente inofensiva. Y en esa operación, Noroña es el golpeador perfecto. Un operador sin escrúpulos, dispuesto a ensuciarse las manos y a prestarse para destruir a cualquier mujer que represente un estorbo para el proyecto político de la presidenta.
Lo que Noroña publicó recientemente sobre Carlos Alejandro Bautista Tafolla revela más sobre él que sobre su supuesto adversario. Su lenguaje incendiario, las etiquetas ideológicas simplificadas y la fabricación de enemigos imaginarios forman parte de una estrategia que domina con precisión. Pero cuando el blanco es una mujer, el tono se recrudece: su registro auténtico aparece siempre —desprecio, condescendencia y la intención de disciplinar a las mujeres mediante la violencia verbal. No es política: es misoginia. Y en este caso, es misoginia por encargo.
Su patrón es conocido: reduce a las periodistas que lo cuestionan, intenta corregir a Lilly Téllez como si fuera una subordinada, desestima y ridiculiza a Grecia con la misma agresividad con la que actúa cuando presiente que una mujer ocupa un espacio que —según su concepción— no le corresponde. Su discurso encaja en las conductas que la ley mexicana clasifica como violencia política contra las mujeres en razón de género.
Noroña actúa con la certeza del impune. Y Sheinbaum, al permitirlo, legitima ese método como válvula de contención para toda mujer que ose desafiar los equilibrios de poder que ella pretende preservar. No hay espontaneidad ahí: hay utilidad. Cada ataque contra una mujer opositora —o simplemente autónoma— es un mensaje al resto: que nadie olvide quién manda.
En términos jurídicos, su comportamiento no está protegido por la libertad de expresión. Encaja plenamente en la violencia política contra las mujeres en razón de género: desprestigio basado en estereotipos, intimidación para desalentar la participación, utilización de la investidura para menoscabar derechos. Su conducta además actualiza violencia simbólica, psicológica, discriminación, abuso de funciones y posible daño moral.
Pero más allá del código, lo grave es el uso político del miedo. Porque cuando Noroña ataca a una mujer, manda una advertencia al resto. Para él, una mujer que alza la voz es un desafío personal, y para el régimen que lo cobija, un riesgo que conviene neutralizar. Ese es el pacto tácito: él agrede, ella calla; él golpea, ella se beneficia.
La misoginia de Noroña es útil al poder.
No es casual que sus blancos preferidos sean mujeres con voz pública: periodistas, legisladoras, activistas, comunicadoras, jóvenes en formación política. El poder masculino se reafirma aplastando a quien se atreve a desafiarlo.
La misoginia nunca es un accidente. Es un método. Y Noroña lo ejecuta con precisión porque le reditúa: divide, polariza, intimida y alimenta una falsa superioridad moral. Pero ningún personaje —por mucha masa digital que lo respalde— está por encima de la ley. Y ninguna presidenta puede ocultar indefinidamente que la violencia que permite, tolera o utiliza es parte de su proyecto político.
El discurso de Fernández Noroña no es política: es violencia. Y su misoginia no es estilo: es delito. En una democracia funcional, el poder no se mide por cuántas mujeres puede humillar un hombre desde un micrófono, sino por cuántos abusos es capaz de erradicar el Estado. Mientras figuras como él actúen con impunidad, México seguirá atrapado en la ecuación de siempre: la fuerza del macho por encima de la ley.
Pero esa época está llegando a su fin. La violencia política contra las mujeres tiene nombre, marco legal y sanciones. Y Fernández Noroña encaja en todas. Con un agravante que ya nadie puede soslayar: lo hace con el permiso de la presidenta que dice representarnos.
