12 de enero de 2026

Por Mussio Cárdenas Arellano

Un buen samaritano habría de confiarle a Norma Rocío Nahle, alias la gobernadora de Veracruz, que su inquina contra la prensa, los epítetos y la ira incontenible, ya detonó el boom de los periodistas caídos. Carlos Castro fue asesinado.

Inerme, expuesto, indiferente a lo que habría de ocurrir, Carlos Leonardo Ramírez Castro sintió la carga letal, la piel lacerada, las balas cumpliendo su terrible misión mientras cenaba en un restaurant propiedad de la familia, la TrogueBirria, en Poza Rica, la anoche del jueves 8.

Dieciséis disparos lanzaron sus verdugos, dos sicarios. Algunos dieron en la humanidad del comunicador. Lo abatieron en un abrir y cerrar de ojos.

Carlos Castro, director del portal Código Norte Veracruz, reportero de Enfoque, ex colaborador Vanguardia Veracruz y La Opinión de Poza Rica , vivió bajo amenaza por un tiempo, acogido a las medidas de protección de la Comisión Estatal de Atención y Protección de Periodistas, hasta que emigró.

Cuando retornó a Veracruz, las medidas cautelares ya no aplicaron. No las solicitó, dice la versión oficial. Y siguió haciendo periodismo, cubriendo nota roja, temas de violencia y seguridad.

Ultimado a mansalva, Carlos Castro terminó siendo el segundo periodista asesinado en Veracruz en tiempos de Rocío Nahle García y el doceavo en el gobierno de Claudia Sheinbaum.

Algo dijo, algo publicó, algo supo, algo atestiguó. Su muerte llegó con una carga brutal, ahí, en Poza Rica, en la colonia Cazones, territorio que Rocío Nahle peleó con uñas y dientes, arrebatando, robando una alcaldía que Morena no ganó en las urnas, que Movimiento Ciudadano ganó con votos.

Poza Rica es tierra de nadie, el Grupo Sombra disputándole el control al Cártel Jalisco Nueva Generación o Mafia Veracruzana, matarifes unos y otros que levantan y matan a sus víctimas, o las ubican y las rocían de bala.

Y hay aquellos a los que la tragedia los marcó, cercenados sus cuerpos, mutilados con saña inaudita. Y otros más aparecen emplayados en neveras y refrigeradores, para ser regados en las calles de la ciudad petrolera y sus alrededores para calentar la plaza.

Poza Rica es el feudo de narcos y es la tierra que Rocío Nahle se agenció a la mala, torciendo el voto, usando a los tribunales electorales, preservando el control morenista, reteniendo el municipio donde la parentela de la gobernadora tiene el poder.

Ahí, Carlos Castro fue víctima de ataque artero, el 14 de abril de 2024, a manos de la Policía Municipal, la policía represora, arbitraria y criminal de Fernando “El Pulpo” Remes, alcalde de triste recuerdo, tan arbitrario como inútil, tan misógino como inmoral.

Carlos Castro cubría un operativo policíaco cuando fue agredido por un elemento de la policía. Aducía que no había acordonamiento y que podía grabar el momento en que un ciudadano era trepado en una patrulla de manera violenta.

De pronto sintió una descarga eléctrica. Era un taser que portaba el policía. Carlos Castro lo exhibió. Citó los números de las patrullas: 209, 230, 4047 y 239. No dejó de grabar mientras otros colegas hacían lo mismo. Siguió por varios minutos al elemento policíaco hasta que éste se subió a una unidad y se marchó. Las imágenes las difundió el portal Primera Plana de Papantla.

Carlos Castro contó con medidas cautelares de la Comisión Estatal de Atención y Protección de Periodistas, pero la presión creció. Aunado a ello, era incómodo para los elementos policíacos. Por ello se fue de Veracruz.

Al regresar, hizo su vida normal. Cubría nota roja, hechos delictivos, temas sobre seguridad. Ya no contó con escoltas. Así hasta el 8 de enero en que un par de sicarios lo ubicaron en el restaurant TrogueBirria y lo ultimaron.

Es el segundo periodista asesinado en la era Nahle.

Rinde fruto la atmósfera agresiva de la gobernadora de Veracruz, los denuestos e insultos, la ira por ser exhibida por la prensa crítica, el desfase de sus palabras y el efecto de su lengua loca.

“Miserables”, “buitres”, “carroñeros”, son los epítetos de la vesánica gobernadora, dolida con una prensa que no le pone ni le quita nada a sus frases insolentes y a su recurrente cadena de errores y a su torpeza habital. Que la deja actuar. Que la retrata como es.

Sólo que la indómita Nahle ve nado sincronizado en las críticas que coinciden en que su gestión es un caos. Quiere aplauso. Quiere silencio. Quiere mordaza. y si no, cárcel a quien ejerce la libertad de expresión. La tiranuela va de lo patético a lo siniestro.

La vena represora afloró el 24 de diciembre. Esa mañana, la Fiscalía de Veracruz apresó al periodista Rafael León Segovia, “Lafita León”. Lo acusó de terrorismo y lo refundió en el penal Duport. Fue un ensayo de lo que pretende hacer con la prensa.

Horas después Rocío Nahle era noticia nacional, señalada de auspiciar una acusación de terrorismo contra un periodista. Lo hizo la Fiscalía que ya no es autónoma. Nahle instruyó al Congreso de Veracruz y su fracción morenista, junto con sus aliados, aprobaron que la nueva fiscal fuera designada por la gobernadora.

Nahle dio por bueno la tipificación de terrorismo. Dijo que la aprehensión de “Lafita León” no era tema de libertad de expresión. Lo quería en la cárcel. Mandaba así el mensaje siniestro, el puño de hierro contra la prensa.

Destazada en los medios y las redes, paró la infamia cuando la presidenta Claudia Sheinbaum rechazó que se acuse a un periodista de terrorista. Entonces reculó.

A “Lafita León” aún lo tiene bajo prisión domiciliaria, lidiando con dos delitos más. Y a la fiscal regional, la perversa Karla Díaz Hermosilla, la mandaron a volar. Fue el chivo expiatorio por perversa, malintencionada, fanática de acusar a los detenidos de terrorismo

Nahle es corrosiva con la prensa. Odia la crítica y se regodea en el aplauso pagado. Crea así un ambiente violento, agresivo, el caldo de cultivo para el ataque de los cárteles y de la policía embozada que clama por la sangre de los periodistas.

Superlativamente torpe, Norma Rocío siguió los pasos de Javier Duarte, el goberladrón que pulula en las cárceles del ex DF. Generó un ambiente hostil hacia la prensa, la embistió, la desacreditó, literalmente le puso el dedo a los periodistas, los hizo vulnerables. Sus enemigos se encargaron de matarlos y el pastizal se incendió.

Carlos Castro es el segundo comunicador asesinado –la primera fue Avisack Douglas, en la campaña de Movimiento Ciudadano a la alcaldía de Rodríguez Clara– y vendrán otros más.

Con su ira, con su inquina, Nahle ya detonó el boom de los periodistas caídos. Y tarde o temprano lo va a pagar.

METADATO

Eli Aviña no llegó al DIF. La palabra de Pedro Miguel no vale un centavo. Tuvo Elizabeth Aviña la seguridad que sería directora de Prensa del DIF en Coatzacoalcos y unas horas antes del nuevo gobierno, el sueño se esfumó.

El alcalde Pedro Miguel Rosaldo García le dijo que siempre no. Eli Aviña, una notable reportera, conductora de noticias de Radio Fórmula Coatzacoalcos, corresponsal de los portales Al Calor Político y Presencia Sureste, había renunciado ya a la presidencia de la Asociación de Periodistas de Coatzacoalcos (APEC), por ser incompatible ese cargo con su nueva encomienda en el DIF, donde difundiría las actividades y cuidaría la imagen de la presidenta, Sonia Marie Salvador de Rosaldo. Pedro Miguel le dio la seguridad que estaría ahí y luego se rajó.

Una fuente señala que fue vetada desde el palacio de gobierno de Xalapa. Una voz cercana a la gobernadora Norma Rocío Nahle García habló al oído y soltó que Eli era incómoda por haber apoyado al reportero Rafael “Lafita” León Segovia, a quien la Fiscalía de Veracruz, con el beneplácito de la zacatecana, acusó de terrorismo, encubrimiento y delitos contra instituciones de seguridad pública. Lo mínimo era dar la cara por él y lograr que desestimaran el delito de terrorismo.

Y Eli lo hizo. Eli Aviña, al frente de la APEC, lo respaldó. O sea, un acto de congruencia, un rasgo de solidaridad, una postura férrea en defensa de un compañero y de la libertad de expresión, bastó para que no llegara al DIF. Y luego los corifeos de Pedro Miguel Rosaldo se rasgan las vestiduras y vociferan que no es un títere de su pilmama Rocío Nahle.

Pedro Miguel no tiene palabra. Así de simple… Del infierno a la gloria, Jesús Uribe ya es alcalde de Las Choapas. Asumió el cargo llevando a su lado a Luis Carbonell de la Hoz García, líder estatal de Movimiento Ciudadano, el partido que le entregó su confianza y Chucho Uribe le devolvió un tsunami de votos. Vivió el infierno en los días en que Cuitláhuac García Jiménez, gobernador morenista de Veracruz, lo refundió en el penal Duport Ostión, logró una sentencia de 20 años de cárcel por un crimen que no cometió.

Un amparo le devolvió la libertad porque en esencia todo fue fraguado en la cloaca de palacio de gobierno. Jesús Uribe Esquivel fue, así, un preso político. Y salió de prisión para asestar un golpe electoral. Ganó por mucho la alcaldía de Las Choapas, el municipio más ganadero de Veracruz. Venció a la maquinaria de Morena, la operación de la ex alcaldesa Mariela Hernández García y a la inquina del ex alcalde y ex diputado Renato Tronco Gómez, un pelafustán que surgió del lodo y el fidelismo lo encumbró y el duartismo lo volvió a hundir. Chucho Uribe arrancó junto a Luis Carbonell, refrendando el respaldo de MC, el partido que lo acompañó en el trayecto poselectoral, cuando las múltiples impugnaciones y las amenazas de la desgobernadora Norma Rocío Nahle García, atizaban el fuego y amagaban con provocar la nulidad de la elección.

Al final, Uribe Esquivel triunfó. Y arranca con respaldo político, el del máximo líder de MC en Veracruz, Luis Carbonell de la Hoz… ¿Quién es ese integrante de un cabildo cuyo pariente cercano, cercanísimo, fue huésped del reclusorio Duport, procesado por desfalcar a un banco? Los ladrones llegaron ya. Una pista: es mujer…