26 de febrero de 2026

 

Pacto y hartazgo

Por Rebeca Solano

El arribo de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de México en 2018 respondió a dos factores clave que, de acuerdo con analistas y críticos, raramente se reconocen en el discurso oficial: un pacto político desde el poder y un profundo hartazgo social.

La primera razón fue lo que se considera un acuerdo implícito con el entonces presidente Enrique Peña Nieto. Durante la campaña presidencial, la Fiscalía General fue utilizada como arma política, particularmente contra el candidato Ricardo Anaya, quien fue citado y exhibido mediáticamente. De manera tendenciosa se difundieron imágenes de su presencia en la Fiscalía, cuando en realidad acudió a solicitar información del expediente en su contra, del cual posteriormente fue exonerado.

Para críticos del proceso, no se trató de justicia, sino de una operación de Estado, que debilitó a un adversario político clave. Lo que refuerza esta versión es que, una vez en el poder, López Obrador nunca investigó ni procesó a Peña Nieto, pese a los graves escándalos de corrupción ocurridos durante su sexenio.

La segunda razón fue el hartazgo social generalizado. El desgaste del gobierno priista había dejado al país al borde del estallido social, con una ciudadanía cansada, indignada y frustrada. En ese contexto emergió López Obrador con la promesa de que “desde el primer día se acabaría la corrupción”, capitalizando la narrativa de que él era distinto a todos los demás.

El triunfo de 2018, sostienen analistas, no fue producto de un milagro ni únicamente de la simpatía personal, sino del cruce entre un acuerdo en las élites políticas y una rebelión electoral desde abajo.

A casi un sexenio de distancia, la pregunta persiste: ¿se erradicó la corrupción?, ¿se castigó a los responsables del pasado o sólo cambiaron los nombres y el discurso? Para quienes sostienen esta lectura crítica, entender cómo llegó López Obrador al poder es clave para explicar el momento político que vive México hoy.