24 de febrero de 2026

Por Callejón Político

En abril de 2025, una pregunta sobre la presencia de cárteles en Veracruz provocó una sonrisa de la gobernadora Rocío Nahle y de su secretario de Gobierno, Ricardo Ahued. No fue una descalificación frontal. No fue una negación categórica. Fue una risa breve ante lo que se presentaba como una exageración heredada.

Semanas después, la Drug Enforcement Administration (DEA) publicó su National Drug Threat Assessment 2025. Ahí, en mapas técnicos, fríos, sin adjetivos, Veracruz aparece marcado como zona de presencia significativa del Cártel Jalisco Nueva Generación. En el mismo territorio coinciden además el Cártel del Golfo, el de Sinaloa y el del Noreste. No es una opinión política. Es cartografía criminal.

El mapa no se viralizó. No generó conferencias. No provocó risas.

Pero el domingo 22 de febrero, el día que fue abatido “El Mencho”, líder del CJNG, las carreteras del norte, centro y sur de Veracruz registraron bloqueos, unidades incendiadas y operativos de seguridad. Y esa misma noche, la gobernadora reconoció públicamente incidentes en distintos puntos del estado.

No fue la oposición quien confirmó la dimensión del problema. Fue el territorio.

El documento de la DEA no es un panfleto ni una columna de opinión. Es una evaluación estratégica sobre organizaciones criminales transnacionales. Describe al CJNG como una estructura de alcance global, con mando tipo franquicia, violencia sistemática y control logístico sofisticado. Y en ese esquema, Veracruz no aparece como nota al pie. Aparece como punto relevante.

No es casualidad. Veracruz es corredor. Es puerto. Es conexión terrestre. Es frontera económica entre regiones. En los mapas de inteligencia, eso es infraestructura estratégica.

Cuando un líder de ese tamaño cae —abatido o detenido— las organizaciones no se evaporan. Se reacomodan. Se tensionan. Envían mensajes. Miden fuerza. Marcan territorio. Y los bloqueos carreteros fueron la señal.

Lo ocurrido este fin de semana no puede leerse como hecho aislado. Tampoco como simple coincidencia temporal. Es, en todo caso, la manifestación visible de una estructura que el propio informe internacional describía meses antes.

Aquí no se trata de ganar un debate político. Se trata de reconocer diagnósticos. Porque el problema no es que la DEA lo haya dicho.

El problema es que el mapa ya existía.

El contraste no es menor: de la risa ante la mención de cárteles, al reconocimiento oficial de incidentes el mismo día en que cae el líder del grupo con presencia significativa en el estado. Entre un momento y otro no cambió la realidad criminal; cambió la imposibilidad de negarla.

La pregunta ahora no es si hay presencia. Eso lo documenta el informe y lo exhiben los hechos. La pregunta es qué estrategia asumirá el estado ante un escenario donde convergen al menos cuatro organizaciones criminales con intereses cruzados.

Porque minimizar no desactiva estructuras. Reír no borra mapas. Y las carreteras, cuando arden, no entienden de narrativa.

Veracruz está en el mapa.

La pregunta es si el gobierno ya decidió mirarlo.