26 de junio de 2026
 

Por Jorge Suárez Vélez

La victoria de Abelardo de la Espriella en la elección presidencial colombiana confirma que el péndulo político oscila a la derecha en América Latina.

La «marea rosa» llevó al poder a la izquierda en México, Brasil, Chile, Colombia y Honduras. Los triunfos de Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Kast en Chile y ahora De la Espriella en Colombia indican el inicio de una nueva ola conservadora.

El desempeño de la izquierda en la región generó profunda frustración. El crecimiento económico ha estado ausente, la inversión privada enfrenta incertidumbre, las finanzas públicas se mermaron bajo burocracias caras y déficits fiscales crecientes.

A ello se suman políticas públicas fallidas, equipos incompetentes y corrupción frecuente.

El deterioro de la seguridad pública derramó el vaso. Desde México hasta Chile, pasando por Ecuador, Colombia y Perú, crimen organizado, homicidios, extorsión y narcotráfico ganan terreno.

Cuando el Estado pierde el monopolio de la fuerza, los ciudadanos simpatizan con candidatos que prometen mano dura.

Esta nueva derecha se parece poco a la que gobernó en otro momento. Gobiernos como los de Piñera en Chile, Lacalle en Uruguay, Cardoso en Brasil, Uribe en Colombia o incluso Fujimori en Perú, con todas las críticas que merecen, compartían principios fundamentales: estabilidad fiscal, apertura económica, fortalecimiento institucional y al menos aspiraban a un Estado de derecho.
Cometieron errores, pero no hicieron de la demolición institucional su bandera.

Hoy es distinto. Es comprensible que sociedades agotadas por la violencia o el estancamiento económico simpaticen con soluciones drásticas. Pero es peligroso combatir el crimen violando derechos humanos, debilitando contrapesos, descalificando a jueces, atacando a la prensa o subordinando instituciones al capricho de un líder autoritario.

La fortaleza de un país no estriba en que gobierne la izquierda o la derecha. Depende de forjar un servicio civil profesional e ideológicamente agnóstico, de tribunales independientes, de respetar a una prensa libre, de fortalecer separación de poderes y contrapesos.

Esos principios fueron erosionados por gobiernos de izquierda, como los de López Obrador o Hugo Chávez, pero también por Trump o Erdogan en la derecha.

Ni izquierda ni derecha deben sugerir que las leyes o los tribunales son obstáculos para alcanzar fines «moralmente» superiores.

Como explican Levitsky y Ziblatt en How Democracies Die, las democracias rara vez mueren por golpes militares.
Con mayor frecuencia son debilitadas poco a poco por líderes electos democráticamente que convencen a la ciudadanía de que los contrapesos institucionales estorban.

La pregunta relevante hoy en Colombia, y en cualquier democracia, es si la narrativa de sus gobernantes fortalece o debilita la legitimidad de instituciones independientes.

La democracia pierde cuando se denigra a jueces, legisladores, periodistas, organizaciones civiles o medios de comunicación.

Y es precisamente la derecha quien más debe defender el principio capitalista más importante, el de la competencia como vía para que quienes contiendan por el poder se esfuercen por merecer el privilegio del voto.

Por eso resultan preocupantes expresiones como las de Milei cuando habla de los «zurdos de m…». Un Presidente gobierna para todos, no para una facción. Convertir al adversario político en enemigo moral garantiza reciprocidad.

La derecha enfrenta otro reto. Han desaparecido partidos como el Republicano de antaño que defendía la responsabilidad fiscal, gobiernos pequeños y austeros, descentralización del poder, competencia económica, prudencia institucional y movilidad social basada en educación y esfuerzo. Esos principios poco tienen que ver con el nacionalismo económico, el proteccionismo o la polarización cáustica que hoy padecemos.

Si exigimos a los simpatizantes de la izquierda una mínima capacidad de introspección crítica, corresponde exigir lo mismo a quienes respaldan a la derecha.
Ganar elecciones importa. Forjar instituciones capaces de sobrevivirlas es mucho más difícil, y mucho más importante.