
Por Silvia Núñez Hernández
No existe absolutamente nada gracioso en sugerir el envenenamiento de un perro. Quien convierte la violencia en entretenimiento deja de ser un comediante para convertirse en un promotor de la crueldad. Y cuando una televisora con cobertura nacional permite que ese mensaje se difunda entre risas, aplausos y complacencia, el problema deja de ser la irresponsabilidad de un individuo para convertirse en una responsabilidad institucional. Lo ocurrido en TV Azteca no merece justificaciones; merece consecuencias.
Durante años, México ha intentado construir una cultura de respeto hacia los animales. Se han reformado leyes, endurecido sanciones por maltrato, fortalecido campañas de adopción y miles de ciudadanos dedican parte de su vida y de su patrimonio a rescatar animales abandonados. Sin embargo, todo ese esfuerzo puede venirse abajo cuando una figura pública utiliza un micrófono para trivializar la violencia y quienes tienen la obligación de poner límites prefieren reír, aplaudir o guardar un silencio que termina siendo igual de dañino.
No estamos frente a un simple “chiste”. Las palabras tienen peso. Influyen, normalizan conductas y moldean la percepción social. Cuando alguien con millones de espectadores habla de envenenar perros como si fuera una ocurrencia ingeniosa, inevitablemente habrá personas que encontrarán en ese discurso una validación para hacer realidad aquello que escucharon. La violencia nunca comienza con el acto material; comienza cuando la sociedad deja de escandalizarse y empieza a aceptarla como parte del entretenimiento.
Escribo esta columna desde una realidad que conozco demasiado bien. Soy rescatista. No hablo desde la comodidad de un foro de televisión ni desde la superioridad moral de las redes sociales. Hablo desde la experiencia de haber recorrido calles buscando animales heridos; de haber recogido perros con fracturas, desnutridos, infestados de garrapatas o agonizando después de haber sido abandonados por quienes algún día juraron cuidarlos. Hablo desde las madrugadas en clínicas veterinarias esperando que un pequeño corazón siguiera latiendo, y también desde el inmenso dolor de haber tenido que cargar cuerpos sin vida porque alguien decidió que era más fácil abandonar, golpear o matar que asumir la responsabilidad de un ser vivo.
He enterrado pequeños ángeles. Ninguna persona que haya sostenido entre sus brazos a un perro que muere lentamente por envenenamiento volvería a utilizar ese tema para provocar una carcajada. Ningún ser humano que haya visto el sufrimiento de un animal abandonado bajo el sol, sin agua, sin alimento y sin posibilidad de defenderse, sería capaz de convertir ese dolor en parte de un espectáculo televisivo. Solamente quien jamás ha conocido ese sufrimiento puede pensar que existe algo divertido en ello.
En mi casa viven dos perritas rescatadas, dos mestizas de las que muchos desprecian llamándolas “raza caramelo”. Para mí representan exactamente lo contrario de quienes las abandonaron. Representan la nobleza, la lealtad y la capacidad infinita de perdonar incluso a la especie que más daño les ha hecho. Cada vez que las veo recuerdo que detrás de millones de animales rescatados existe siempre una historia de abandono, de violencia o de indiferencia provocada exclusivamente por seres humanos.
Precisamente por eso resulta inadmisible que una empresa como TV Azteca permita que desde sus espacios se emitan mensajes que contribuyen a normalizar el maltrato animal. Una concesión de televisión abierta no solamente representa un negocio; también implica una responsabilidad social enorme. Quien administra un espacio de comunicación masiva tiene el deber ético de impedir que la violencia sea presentada como humor. Cuando ese deber se incumple, la empresa deja de ser un simple medio de difusión para convertirse en parte del problema.
Y esa responsabilidad no termina en quien pronunció las palabras. También alcanza a Patricia Chapoy. La titular de un programa no puede esconderse detrás del argumento de que otro fue quien habló. La conducción implica liderazgo editorial, autoridad y responsabilidad sobre todo lo que ocurre frente a las cámaras. Cuando una conductora permite que un comentario de esa naturaleza transite sin una condena inmediata, cuando se responde con sonrisas, aprobación o indiferencia, el mensaje que recibe la audiencia es devastador: que burlarse del sufrimiento animal es perfectamente aceptable mientras genere rating.
Patricia Chapoy no puede deslindarse de lo ocurrido. Su responsabilidad no es únicamente periodística; también es ética. Quien dirige un espacio de comunicación tiene la obligación de establecer límites claros cuando alguno de sus colaboradores promueve discursos que pueden incentivar la violencia. No hacerlo significa legitimar el mensaje. El silencio editorial también comunica. La indiferencia frente a la crueldad también educa. Y lo que se educa desde la televisión termina reproduciéndose en la sociedad.
Por esa razón, la exigencia debe ser contundente. TV Azteca debe separar inmediatamente tanto al conductor que emitió esas expresiones como a Patricia Chapoy, quien permitió que ese mensaje se normalizara dentro de un programa bajo su conducción. No se trata de censura. Se trata de asumir responsabilidades. La libertad de expresión nunca ha protegido la promoción de la violencia ni ha eximido a nadie de responder por las consecuencias de sus palabras.
Dirijo también este reclamo a Ricardo Salinas Pliego. En múltiples ocasiones se ha presentado como un empresario comprometido con causas sociales, con la libertad y con la responsabilidad. Hoy tiene la oportunidad de demostrar que esos principios no son únicamente parte de su estrategia de comunicación. Si realmente existe coherencia entre su discurso y sus acciones, debe retirar el micrófono a quien promovió esos comentarios y asumir las medidas necesarias contra quienes permitieron que fueran celebrados en uno de sus programas. La verdadera empatía no se demuestra con publicaciones en redes sociales; se demuestra tomando decisiones cuando resulta incómodo hacerlo.
Miles de rescatistas en México trabajan todos los días sin recibir un solo peso. Pagan consultas veterinarias, medicamentos, cirugías, alimento y esterilizaciones con recursos propios. Abren las puertas de sus casas para recibir animales que otros despreciaron. Lloran cuando alguno muere y celebran cuando finalmente encuentran una familia que los adopta. Mientras ellos dedican su vida a reparar el daño provocado por la crueldad humana, resulta insultante que una empresa de comunicación contribuya a sembrar exactamente la cultura que esos ciudadanos intentan erradicar.
Quienes hemos enterrado animales sabemos que cada pequeño cuerpo representa una derrota colectiva. Detrás de cada perro envenenado hubo alguien que creyó que su vida no tenía valor. Detrás de cada cachorro abandonado existió una persona que decidió deshacerse de él como si fuera basura. Detrás de cada acto de maltrato hubo primero una idea que justificó la violencia. Por eso las palabras sí importan. Porque antes de que alguien coloque veneno en un plato, antes de que abandone un cachorro en una carretera o antes de que torture a un animal indefenso, casi siempre existió un entorno que le enseñó que hacerlo no tenía consecuencias.
Lo sucedido en TV Azteca no debe olvidarse con el paso de los días ni resolverse con una disculpa escrita por un departamento de relaciones públicas. Los mexicanos tenemos derecho a exigir que quienes ocupan espacios privilegiados de comunicación comprendan el enorme impacto de sus mensajes. Un micrófono nacional jamás puede convertirse en instrumento para sembrar odio, justificar la crueldad o trivializar el sufrimiento de quienes no tienen voz para defenderse.
Porque esto ya dejó de ser un escándalo televisivo. Se convirtió en una prueba para saber si una empresa de comunicación está dispuesta a asumir la responsabilidad por el contenido que transmite o si prefiere proteger a quienes hicieron de la violencia un espectáculo.
Los animales no necesitan compasión pasajera. Necesitan una sociedad que los defienda sin titubeos. Y quienes hoy ocupan un micrófono deberían recordar que la influencia también genera obligaciones. Cuando esa influencia se utiliza para alimentar la crueldad, lo mínimo que corresponde no son aplausos, sino la separación inmediata de quienes decidieron convertir el sufrimiento de seres inocentes en parte del show.
