
Slut shaming, violencia contra mujeres
Por Rebeca Solano
Durante décadas, la forma de vestir, las relaciones afectivas, la manera de hablar sobre sexo y el ejercicio libre de la sexualidad han sido utilizados para juzgar y estigmatizar a las mujeres. Esta práctica, conocida como slut shaming, se ha incorporado al debate sobre igualdad de género por su relación con la discriminación y la violencia.
El término describe la práctica de avergonzar, desacreditar, insultar o estigmatizar, principalmente a mujeres, por su comportamiento sexual real o supuesto, por la ropa que utilizan, las fotografías que publican, tener varias parejas o simplemente apartarse de las expectativas tradicionales sobre cómo debería comportarse una mujer.
Especialistas y organizaciones feministas han señalado que estas conductas forman parte de normas sociales y estereotipos de género que reproducen desigualdades. ONU Mujeres advierte que la violencia contra las mujeres está relacionada con la discriminación y las normas sociales que pueden normalizar distintas formas de violencia.
El origen de las SlutWalks
La expresión cobró notoriedad internacional en 2011, cuando surgió en Toronto, Canadá, la primera SlutWalk, una movilización que respondió a los comentarios de un agente de policía que recomendó a las mujeres no vestirse como “sluts” para evitar ser víctimas de agresiones sexuales.
La protesta se extendió posteriormente a distintas ciudades del mundo con un mensaje central: la ropa, la apariencia o la actividad sexual de una mujer nunca justifican una agresión. La responsabilidad de la violencia sexual corresponde a quien la ejerce, no a quien la sufre.
El fenómeno puede aparecer incluso después de una agresión, cuando se cuestiona a la víctima sobre qué ropa llevaba, con quién estaba, cuánto había bebido o cuántas parejas sexuales había tenido. Estos cuestionamientos pueden desplazar la atención del comportamiento del agresor hacia la conducta de quien sufrió la violencia.
De esta manera, el juicio moral puede convertirse en una segunda forma de violencia, al cuestionar, desacreditar o responsabilizar a la víctima por lo ocurrido.
Doble moral y control social
Uno de los elementos centrales del slut shaming es la doble moral. En determinados contextos, un hombre con una vida sexual activa puede recibir aceptación o reconocimiento, mientras que una mujer con comportamientos similares puede ser etiquetada negativamente.
Esta diferencia responde a expectativas históricas que han asociado la sexualidad masculina con la iniciativa y la experiencia, mientras que la femenina ha estado sometida a controles relacionados con la modestia, la reputación y la “decencia”.
El control también puede generar autocensura, pues una mujer que teme ser juzgada por su apariencia, hablar abiertamente de sexualidad o publicar determinadas fotografías puede modificar su comportamiento para evitar ataques.
Las redes sociales amplifican los ataques
El fenómeno también se ha trasladado al entorno digital. Una fotografía, comentario, video o conversación privada puede convertirse en material para insultos, acoso, exposición no consentida y campañas para dañar la reputación de una mujer.
ONU Mujeres identifica entre las formas de violencia digital contra mujeres y niñas el acoso sexual, el acecho, el discurso de odio, la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento, la sextorsión y el ciberacoso.
La dimensión digital incrementa el impacto debido a la velocidad con la que una publicación puede alcanzar a cientos o miles de personas, exponiendo a las víctimas a amenazas, insultos y campañas de humillación pública.
Además, el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial ha generado nuevas posibilidades de agresión, como la creación de imágenes sexuales falsas, la manipulación de fotografías y la fabricación de contenidos que presentan a mujeres en situaciones que nunca ocurrieron.
Los efectos pueden trascender internet y afectar la salud emocional, las relaciones personales, el empleo y la participación pública, además de escalar en algunos casos hacia amenazas, acecho o violencia física.
Mujeres en espacios públicos, entre las más expuestas
Periodistas, políticas, activistas, empresarias, artistas y creadoras de contenido también pueden enfrentar ataques que dejan de lado su trabajo para concentrarse en su cuerpo, apariencia, vida privada o sexualidad.
ONU Mujeres señala que las mujeres que participan en la vida pública son blanco frecuente de ataques digitales que buscan silenciarlas o expulsarlas del debate público. En América Latina y el Caribe, ocho de cada 10 mujeres en la vida pública que participaron en una investigación dijeron haber restringido sus actividades en línea por miedo al abuso.
La sexualización de los ataques representa otra diferencia: mientras una crítica dirigida contra un hombre puede centrarse en su desempeño profesional o político, contra una mujer puede transformarse en comentarios sobre su cuerpo, ropa, vida sentimental o supuesta disponibilidad sexual.
Consentimiento y autonomía
Combatir el slut shaming no significa impedir las críticas ni establecer reglas sobre la conducta de las personas. Implica cuestionar la humillación y la desigualdad como mecanismos de control sobre las mujeres.
También resulta fundamental diferenciar entre reputación y consentimiento. Una persona puede decidir cómo vestirse, con quién relacionarse o qué aspectos de su vida privada compartir, pero ninguna de esas decisiones constituye consentimiento para una agresión o para la difusión de contenido íntimo sin autorización.
En este contexto, especialistas y organizaciones plantean la importancia de una educación sexual basada en el consentimiento, la autonomía corporal, el respeto y la responsabilidad, en lugar de enfoques centrados únicamente en prohibiciones dirigidas a las mujeres.
Una expresión de desigualdad
El lenguaje también puede convertirse en una herramienta de exclusión cuando se utiliza para degradar a una mujer y reducir su identidad a una supuesta conducta sexual.
No toda crítica relacionada con una conducta sexual constituye slut shaming. El concepto se refiere específicamente a la estigmatización y el castigo social basados en normas sexuales y de género, particularmente cuando se aplican de manera desigual.
ONU Mujeres sostiene que la prevención de la violencia contra las mujeres requiere abordar las normas y estereotipos que permiten que determinadas conductas sean aceptadas o normalizadas.
En este sentido, el slut shaming representa una expresión cotidiana de una desigualdad más amplia: la idea de que la sexualidad de las mujeres debe ser vigilada, evaluada y castigada cuando se aparta de determinadas expectativas sociales.
A más de una década de las primeras SlutWalks, estas prácticas continúan presentes tanto en espacios físicos como digitales. El reto, plantea el debate, consiste en dejar de convertir la sexualidad femenina en un instrumento de control y reconocer que la libertad, dignidad y seguridad de las mujeres no dependen de cumplir con una determinada imagen de “decencia”.
Una sociedad igualitaria debe garantizar que ninguna persona sea humillada, discriminada o violentada por ejercer sus derechos y su autonomía.
