19 de marzo de 2026

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En las últimas décadas, mientras las bombas caían sobre Líbano, atacantes suicidas se hacían explotar en mercados repletos de personas en Irak y el Estado Islámico secuestraba y decapitaba en espectáculos macabros a trabajadores extranjeros en Siria, Dubái era una fiesta constante.

Los ricos del mundo compraban mansiones en islas artificiales frente a sus costas, se paseaban por el Louvre de Abu Dhabi, o hacían safaris por el desierto catarí.

En un vecindario sacudido por guerras, protestas e inestabilidad, los países del golfo Pérsico cultivaron durante años la imagen de ser un oasis de seguridad y prosperidad.

Sus esfuerzos y sus ventajosas políticas fiscales atrajeron miles de millones de dólares en inversiones extranjeras, y convirtieron ciudades como Dubái, Abu Dhabi o Doha en destinos privilegiados para los multimillonarios del mundo y el turismo de lujo, así como para eventos y congresos internacionales.

Ese espejismo se rompió el 28 de febrero.

Aquel día, el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán desató una guerra en la que Teherán ha respondido no solo bombardeando ciudades israelíes y bases estadounidenses en la zona, sino también a los aliados de Washington en el Golfo.

Estas monarquías se vieron de un momento a otro arrastradas a un conflicto que no habían buscado.

«Habían intentado a toda costa disuadir al presidente Trump para que no la emprendiera», explica a BBC Mundo Anna Jacobs Khalaf, analista experta en el Golfo del Instituto Europeo de la Paz.

Los misiles iraníes caían de repente junto a centros comerciales, rascacielos de lujo y puertos llenos de yates ante la mirada horrorizada de cataríes, emiratíes, kuwaitíes, bareiníes, sauditas y omaníes, así como de decenas de miles de expatriados y turistas.

La guerra ha llegado incluso a algunos de los hoteles más lujosos del mundo. Los restos de un dron iraní interceptado cayeron sobre el Burj al Arab de Dubái, mientras que el Fairmont The Palm, en la isla artificial de Palm Jumeirah, recibió un impacto directo.

Y este miércoles, la compañía petrolera estatal de Qatar afirma que sufrió «daños extensos» a causa de ataques con misiles en el complejo industrial de Ras Laffan.

Ras Laffan figuraba entre los sitios mencionados por Irán en una advertencia de que tomaría «medidas decisivas», después de que las instalaciones de su yacimiento de gas South Pars fueran, según informes, alcanzadas por ataques israelíes.

Las consecuencias están siendo devastadoras, y el enfado en las capitales del Golfo es mayúsculo.

Un tsunami de cancelaciones ha golpeado a estas ricas monarquías, entre vuelos, reservas hoteleras, congresos y eventos internacionales como la Fórmula 1 en Baréin y Arabia Saudita.

A esto se suma el cierre del estrecho de Ormuz, que ha frenado sus exportaciones de combustibles.

¿Espejismo roto?

«Los países del Golfo han trabajado para forjarse una imagen de refugios seguros en Medio Oriente. Las acciones y los acontecimientos de la última semana han empañado esa imagen», reconoció a la BBC Badr al Saif, profesor de la Universidad de Kuwait, que fue subjefe del gabinete del primer ministro kuwaití.

La región ha invertido en el lujo y en la seguridad.

Las monarquías de la zona, todas ellas autocracias, han realizado grandes inversiones en vigilancia, lo que les ha mantenido bastante a salvo del terrorismo, pero también han perseguido a la disidencia o a todo lo que pueda afectar a su imagen.

Imagen satelital del puerto de Jebel Ali, tras el incendio de uno de los muelles a causa de los restos de un misil interceptado, en Dubái (Emiratos Árabes Unidos), el 1 de marzo de 2026.

Fuente de la imagen,Planet Labs PBC via REUTERS

Pie de foto,Los restos de un misil interceptado impactaron en el puerto de Jebel Ali.

En estas tres semanas de guerra, por ejemplo, decenas de personas han sido detenidas, también extranjeros, por publicar videos de los ataques iraníes.

En su intento por atraer a los expatriados, turistas e inversores internacionales, estas conservadoras naciones musulmanas han creado burbujas de permisividad, aunque con límites: alcohol sí, en ciertos sitios; muestras públicas de homosexualidad, no.

Esto, sumado a los bajos o nulos impuestos, les ha hecho tremendamente populares en las últimas décadas, convirtiéndose también en un importante destino turístico.

Pero la guerra está poniendo todo este esfuerzo a prueba.

Solo la industria turística está perdiendo en la región unos US$600 millones al día, según datos del Consejo Mundial de Viajes y Turismo, citados por el Financial Times.

Este consorcio había previsto que el turismo iba a dejar en la zona este año US$207.000 millones.

En la semana del 6 de marzo se produjeron más de 80.000 cancelaciones de alquileres de corta estancia en Dubái, de acuerdo con los datos recopilados por el grupo AirDNA a partir de reservas realizadas en plataformas como Airbnb y Vrbo.

Las anulaciones de vuelos también han dejado a millones de pasajeros en tierra.

En las últimas décadas, el Golfo se ha convertido en un auténtico centro internacional de conexiones aeroportuarias, por donde pasan más de 500.000 pasajeros diarios.

Desde el 28 de febrero, al menos tres aeropuertos -el de Dubái, el de Kuwait y el de Abu Dhabi- han sido impactados por misiles o drones iraníes, provocando la cancelación de miles de vuelos.

La imagen de seguridad «era en parte artificial, pero también en parte real, porque los estados del Golfo habían logrado realmente aislarse de la peor violencia regional durante décadas», explica a BBC Mundo Elham Fakhro, investigadora del Centro Belfar de la Escuela Kennedy de Harvard.

Recuperar la confianza de los inversores y los turistas «es posible», opina Fakhro, «pero dependerá de cuánto tiempo se prolongue el conflicto».

Frustración y rabia

La guerra con Irán, que ha puesto a los países del Golfo en la diana, está resultando extremadamente cara, generando una sensación de rabia y frustración entre sus ciudadanos y gobernantes.

Quizás la persona pública que más explícitamente ha criticado la decisión de Trump de arrastrarles a la guerra ha sido el empresario multimillonario emiratí Khalaf Ahmad al Habtoor.

«¿Quién le dio la autoridad para arrastrar a nuestra región a una guerra con Irán? ¿Y en qué se basó para tomar esta peligrosa decisión?», interpelaba al Habtoor en una reciente y dura carta abierta dirigida al presidente estadounidense, en la que se preguntaba si había «calculado los daños colaterales antes de apretar el gatillo».

Unos surfistas en una playa de Dubái.

Fuente de la imagen,Christopher Pike/Getty Images

Pie de foto,Ciudades como Dubái, donde el 90% de su población es extranjera, parecían vivir ajenas a la inestabilidad que sacude a Medio Oriente.

«La sensación de traición que se respira en las capitales del Golfo es considerable, aunque es poco probable que se manifieste públicamente durante algún tiempo», explica a BBC Mundo Elham Fakhro.

Los países del Golfo han invertido mucho en su relación con Washington, entre otras cosas acogiendo sus bases militares, facilitando la logística, comprometiéndose a realizar enormes inversiones y asumiendo el costo político interno que supone alinearse con la política regional de EE.UU., que es profundamente impopular.

«A cambio, esperaban, como mínimo, que se les consultara antes de una guerra que, inevitablemente, los convertiría en objetivos. No fue así. Los misiles iraníes alcanzaron sus capitales, aeropuertos, infraestructuras petroleras y distritos financieros, no por nada que ellos hubieran hecho, sino por decisiones tomadas en Washington y Tel Aviv», señala Fakro.

Neil Quilliam, investigador de Chatham House, un centro de estudios con sede en Londres, coincide en que en las capitales del Golfo «se siente una rabia enorme» ahora mismo, aunque por el momento «no pueden hacer gran cosa y es muy poco probable que lo expresen en ningún foro público».

No es la primera vez que Estados Unidos los deja de lado.

Cuando en 2015 se firmó el acuerdo nuclear con Irán, «los países del Golfo, que siempre habían exigido ser parte de cualquier pacto con Teherán, fueron excluidos», así que esta nueva marginación «les toca la fibra sensible».

Estrategia de seguridad

Las monarquías del Golfo han mantenido una relación de tensión con su vecino persa desde la revolución que derrotó al sha Reza Pahlevi y proclamó la República Islámica de Irán.

Irán no es un país árabe, tiene una inmensa mayoría chiita -mientras que los países del Golfo son mayoritariamente sunitas- y se ha posicionado desde la revolución de 1979 como el gran enemigo de Estados Unidos en la región, de quien las monarquías árabes son aliadas.

De esta forma, los países del Golfo construyeron su seguridad en torno a ese vínculo con Washington, especialmente Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar.

«Todos ellos buscaron de alguna forma tener algo parecido a un equivalente al artículo 5 de la OTAN (el que considera que un miembro es atacado, los demás saldrán en su defensa), en el que EE.UU. se comprometiera a defenderlos», analiza Neil Quilliam.

El antecedente de Kuwait en 1990, que había sido invadido por el Irak de Sadam Hussein y fue liberado por una coalición encabezada por Washington, era el punto de referencia.

Pero cuando Teherán bombardeó en 2019 infraestructura petrolera en Arabia Saudita o Israel mató a líderes de Hamás en la capital de Qatar, Doha, en un bombardeo en 2025, Estados Unidos se mantuvo de brazos cruzados.

La sensación de que Washington no vendría en su rescate se amplió, y algunos de estos países han empezado a construir su propia industria de defensa y a diversificar sus vínculos defensivos.

Humo en Manama, la capital de Baréin.

Fuente de la imagen,Anadolu via Getty Images

Pie de foto,Irán también atacó las bases militares de EE.UU. en el Golfo, como la que alberga la Quinta Flota de EE.UU. en Manama, la capital de Bahréin.

Los países del Golfo construyeron su seguridad en torno a tres supuestos relacionados entre sí, según Elham Fakhro: que EE.UU actuaría como principal garante frente a las amenazas externas, que la distensión con Irán reduciría el riesgo de una confrontación directa, y que, para algunos, el establecimiento de vínculos selectivos con Israel reportaría beneficios estratégicos.

Estas estrategias «tenían por objeto permitir a los gobiernos del Golfo mantener un equilibrio entre Washington, Teherán y Tel Aviv sin tener que elegir entre ellos», señala la investigadora del Centro Belfar.

La guerra de Irán ha expuesto los límites de esa alianza.

Algunos puede que opten por diversificar sus colaboraciones militares con otros países como Turquía o Pakistán, pero, en opinión de Neil Quilliam, «les va a llevar mucho tiempo alejarse de Estados Unidos» porque muchos de esos contratos de formación, de sistemas de armamento o aviación duran al menos 20 años.

Espada de Damocles

¿Qué salida tienen hoy los países del Golfo en una guerra que no escogieron?

Ninguna fácil, opinan los expertos. Pero el daño será menor cuanto antes acabe el conflicto.

Un alto el fuego a corto plazo permitiría que comenzara la narrativa de la recuperación, señala Elkam Fakhro.

Pero una guerra prolongada agravaría el daño mes a mes, aceleraría la salida de los trabajadores expatriados y la fuga de capitales de la que dependen economías como la de Dubái.

No solo eso. La sangría económica que supone el cierre del estrecho de Ormuz para los países del Golfo solo puede frenarse de manera sostenible mediante un alto el fuego, jamás por la fuerza, como pretende Trump, opina Neil Quilliam.

Las pérdidas, en todo caso, serán enormes, ya que algunos países se han visto obligados a cerrar la producción, y volver a ponerla en marcha a los niveles en los que estaba antes de la guerra puedes llevarles al menos cinco o seis meses.

Incluso si la guerra finalizara hoy, la amenaza del régimen iraní, cuyo derrocamiento no parece que vaya a ocurrir por el momento, seguiría pendiendo sobre el Golfo como una espada de Damocles.

«Dentro de dos meses, Israel podría decir que ha detectado algún movimiento en el programa nuclear o en el de misiles balísticos y que vuelven a atacar», plantea el investigador de Chatham House. «Y entonces los iraníes contraatacarán».

Como señala Anna Jacobs Khalaf, del Instituto Europeo de la Paz, los países del Golfo «no pueden cambiar la geografía», son vecinos de un vasto país de 90 millones de personas «y tendrán que encontrar una forma de convivir con los nuevos dirigentes de Irán para evitar que siga amenazando a sus países y a los mercados globales de energía».

El regreso a la negociación, como habían venido haciendo en los últimos años, cuando Arabia Saudita e Irán restablecieron sus relaciones diplomáticas con la mediación de China, podría ser una salida.

«La única solución duradera es que los estados del Golfo construyan sus propias relaciones con Irán en sus propios términos», opina la investigadora de Harvard.