20 de febrero de 2026

Por Salvador Muñoz / Los Políticos

Yeri Mua es, por definición, un personaje incómodo. De ésos que no piden permiso para existir y mucho menos para opinar. Puede gustar o no –eso es lo de menos–, pero lo que nadie puede negarle es que mueve masas… y de paso, emociones, pasiones y uno que otro coraje institucional.
La polémica que detonó en el Carnaval ya quedó inscrita en el anecdotario del espectáculo con inevitable convite al político. Carnaval sin escándalo no es carnaval, y Yeri cumplió con la cuota… con creces.
En lo personal no me espanta su ocurrencia del carrujo. Es absurda, sí. Es provocadora, también. Hasta divertida si se mira desde la lógica del show. El problema no está en el humo, sino en el papel y no de arroz, sino el legal, el administrativo, ése que no baila ni se disfraza. Al final, cada quien decide si fuma o no a Yeri Mua
Eso en el terreno del espectáculo… y rayando en lo político…
Pero hay otra Yeri Mua. Una que no sale en la comparsa ni en la nota escandalosa. Una Yeri humana, de la que poco se habla y menos se viraliza.
Esta joven de 24 años –sí, 24, no se nos olvide– me sorprendió por lo que cuentan de ella. Y no, no es nada turbio. Al contrario. Resulta que tiene un marcado espíritu benefactor, particularmente con refugios de animales. Gatitos, para ser precisos.
Cuentan –no me crean del todo, ya saben cómo es el Puerto– que cuando empezó a ver frutos reales de su éxito en redes, quiso ser recíproca con la vida. Una de sus acciones más recientes fue soltar más de 40 mil pesos en alimento, medicinas y productos de limpieza para atender la tragedia en el norte veracruzano.
Claro, no todo ha sido miel sobre hojuelas.
Hubo un episodio que raya entre lo tragicómico y lo profundamente jarocho. En un live desde CostcoYeri preguntó a sus seguidores a quién apoyar con su compra. El veredicto fue claro: un refugio de lomitos. Y ahí va Yeri, cargando costales como si fueran penas ajenas a su camionetota –esa sí la vimos todos– y enfilando rumbo al refugio.
¿El recibimiento? Frío. Helado. Glacial.
No la dejaron entrar.
No fotos.
No video.
Y para rematar, el desplante: que ese alimento no les gustaba a los perritos… que lo dejara en la entrada.
Ni modo. Episodio incómodo, sí. Pero no definitivo. Yeri no se achicó.
En su vida hay un pilar clave: su madre. Y aquí no hay sarcasmo que valga. La ha acompañado, sostenido y empujado en sus mejores y peores momentos, incluidos los derivados de su condición: Trastorno Límite de la Personalidad. No es indiscreción decirlo; ella misma lo ha contado sin rodeos ni victimismos.
Fue precisamente su madre quien le lanzó una idea luminosa: apoyar a un refugio de gatitos en el puerto. ¿Cómo? A la vieja usanza: venta de garage. Prendas personales rematadas sin nostalgia, y lo recaudado donado íntegramente al refugio felino.
No fue una vez. Fueron varias. ¡Exitosas!
Cosas que sólo pasan en Veracruz: la mamá de Yeri y la responsable del refugio se conocían por la escuela de sus hijos. Eso hizo más cercano, más empático y más constante el apoyo. Hoy, ese refugio alberga cerca de 300 gatos, entre ellos el más famoso: Cyrano.
Los jarochos saben de qué refugio hablo. Pero como no tengo permiso de la mandamás para exponerlo, aquí lo dejamos en el elegante anonimato.
En conclusión:
Yeri Mua seguirá siendo polémica. Donde se pare, levantará cejas. A unos no les gustará nunca; otros la adorarán con fervor. No por nada fue Reina del Carnaval y figura central de estas carnestolendas.
Pero yo me quedo con esa otra Yeri. La joven que, con todos sus claroscuros, devuelve un poco de lo que la vida le ha dado… a quienes, dicen, tienen siete vidas.
Lo demás, como siempre, quedará para el anecdotario del espectáculo.
Y del político.