16 de febrero de 2026

Por Miguel Angel Cristiani G.

Hay nombres que nunca se van de la política veracruzana; se esconden, se repliegan, esperan… y regresan cuando el tablero comienza a moverse. En estos días, entre el ruido incesante de las benditas redes sociales y los pasillos donde aún se toman decisiones reales, vuelve a escucharse uno con insistencia: Pepe Yunes.

No se trata de nostalgia ni de ocurrencias digitales. El comentario recurrente es que el político peroteño podría reaparecer en las boletas para la gubernatura de Veracruz. ¿La plataforma? Un proyecto que avanza con discreción, pero con método: Somos México, movimiento en proceso de convertirse en partido político nacional.

Conviene poner los pies en la tierra. “Somos México” no es aún partido, pero ya superó varios filtros técnicos del Instituto Nacional Electoral: número de asambleas estatales, afiliaciones y estructura mínima. En Veracruz, aseguran contar con cerca de 20 mil afiliados y presencia en municipios clave como Xalapa, Córdoba, Orizaba, Coatzacoalcos y Papantla. No es una cifra menor ni un dato decorativo; es músculo territorial en formación.

El dictamen del INE, se dice, podría emitirse en un par de meses. De concretarse, el movimiento pasaría de la fase romántica —la de los manifiestos y las buenas intenciones— a la cruda realidad de la competencia electoral. Y es ahí donde el nombre de Pepe Yunes vuelve al centro de la conversación, no como accidente, sino como cálculo.

Yunes no es un improvisado. Ha sido senador, diputado federal y candidato a gobernador. Conoce las entrañas del sistema, sus vicios y sus inercias. Para bien o para mal, representa una política profesional que hoy muchos desprecian en el discurso, pero extrañan en los hechos. Su eventual postulación para 2030 no sería un salto al vacío, sino el intento de capitalizar experiencia en un contexto de hartazgo ciudadano.

Detrás de “Somos México” aparecen figuras que buscan vestir al proyecto de respetabilidad académica y perfil ciudadano, como Carlos Luna y Raúl Arias Lovillo, ambos exrectores universitarios. Su participación no es anecdótica: apunta a un discurso de reconstrucción institucional, de contrapesos y de racionalidad pública frente a la política de consigna.

El mensaje implícito es claro: primero consolidar el partido, luego construir la candidatura. No al revés. Una ruta que contrasta con la costumbre nacional de fabricar siglas desechables al servicio de ambiciones personales. Aquí, al menos en el papel, se plantea un proceso más ordenado, más largo, más exigente.

Ahora bien, no hay que engañarse. Veracruz no es un laboratorio académico; es un campo minado por intereses, clientelas y memorias recientes de corrupción, violencia y simulación. Pensar que una nueva etiqueta partidista resolverá por sí sola el desencanto ciudadano sería insultar la inteligencia del elector. El reto no es solo registrarse ante el INE, sino convencer a una sociedad cansada de promesas recicladas.

Pepe Yunes carga también con su propio expediente. Para algunos, representa seriedad y capacidad técnica; para otros, es parte de una clase política que ya tuvo su oportunidad. Esa tensión será inevitable y, si el proyecto es serio, deberá enfrentarse sin maquillaje ni propaganda hueca.

Lo que sí es un hecho es que el tablero político comienza a moverse con más anticipación de lo habitual. 2030 parece lejano, pero en política cuatro años pasan en un suspiro. Quien no empieza a construir hoy, mañana solo reaccionará.

La pregunta de fondo no es si Pepe Yunes puede volver a ser candidato, sino si Veracruz está dispuesto a discutir, con madurez y sin fanatismos, qué tipo de liderazgo necesita para salir del pantano en el que lleva años atrapado.