
Por Sergio González Levet / Sin tacto
Escuchar a la presidenta Claudia Sheinbaum en plan de señora respondona y ver la soberbia plena de la dirigente de Morena Luisa María Alcalde Luján pone en duda las bondades de que sea el tiempo de mujeres.
Una habla, gesticula y pontifica, y la otra repite en plan de clon las palabras, los modos y las imposiciones. Las dos son la quintaesencia del autoritarismo, la negación de la política como un método de negociar, la altanería como su única forma de actuación posible.
Junto a ellas, Pablo Gómez está estacionado definitivamente en su demencia senil y se empecina en imponer ya no sus ideas sino sus complejos de líder social fracasado, al que le llegó el poder con muchas décadas de retraso y ya no supo qué hacer con él ni pudo disfrutarlo, de ahí tanta amargura, tantos complejos, tanta sed de venganza.
Las superpoderosa dama y su poderosa empleada, junto con el sugar daddy, son las cabezas visibles del huracán transformador que se propone imponer la reforma electoral que le daría la preponderancia a total a Morena por los siglos de los siglos, piensan.
Como no saben hacer otra cosa, ellos han seguido al pie de la letra el manual que les impuso Andrés Manuel López Obrador y se acoplan al libreto del mesías tropical como si fuera su Biblia, su Das Kapital o su libro rojo de Mao:
Primero: mentir; hacerlo desaforadamente, sin límites, sin lógica y sin ningún apego a la realidad (repetirse hasta el convencimiento total que una mentira dicha mil veces no se vuelve verdad, sino realidad plena).
Segundo: imponer medidas ilegales y convertirlas en legales a fuerza de mayoriteos en las cámaras; borrar la democracia en nombre de la democracia.
Tercero: acusar a los otros de los propios delitos cometidos; insultarlos, calumniarlos, denostarlos.
Cuarta (muy importante): no dejar hablar a los adversarios, a los opositores; en los foros, no soltar la palabra para que los demás no puedan oponer ideas, datos y fundamentos: callar a los medios, a los periodistas, a los analistas; censurarlos; desaparecerlos.
Así piensan imponer la reforma electoral con el fin de que ya nadie pueda en México ganar elecciones en adelante, ni siquiera los partidos aliados, y de ese modo Morena consiga el poder absoluto, llegue a la estadía soñada de la dictadura (estalinista o maoísta o castrista)… y al Tercer Reich, que deberá permanecer por un milenio, cuando menos.
Una vez que voten en el Congreso de la Unión sobre la iniciativa presentada por Claudia, el lunes sabremos qué nos espera a los ciudadanos en 2027, en 2029 y en 2030.
Veremos qué tanto quedan vestigios de dignidad entre los representantes populares…
sglevet@gmail.com
