16 de febrero de 2026

AGN Veracruz

Por Silvia Núñez Hernández

No, no es un debate de mochos. Tampoco es un ataque personal ni una cruzada moralina. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más serio: preguntarnos qué está haciendo el poder con el dinero de la gente y qué mensaje decide enviar cuando organiza un evento que representa a toda una ciudad. Porque gobernar también es elegir símbolos, y los símbolos importan más de lo que algunos creen.

El Carnaval de Veracruz no es una reunión privada ni un espectáculo marginal transmitido para un nicho específico. Es una celebración histórica, con respaldo institucional, con presencia de fuerzas de seguridad, con promoción oficial y con presupuesto público. Es escaparate turístico, motor económico y emblema cultural. Es identidad. Y cuando el dinero que lo sostiene proviene del erario, lo mínimo que puede exigirse es responsabilidad en el criterio de contratación y coherencia en el mensaje que se proyecta.

La artista contratada fue Yeri Mua —o la “Yegua Mua”, como la llaman con ironía en redes sociales—. No estamos hablando de una intérprete reconocida por su técnica vocal ni por una trayectoria musical consolidada. Estamos hablando de una figura que ha construido su presencia pública a partir de la exposición constante, la polémica digital y la provocación como herramienta de posicionamiento. Eso no es un juicio moral, es una descripción de su marca. Y nadie puede decir que no sabía cuál era su perfil. Esa es su narrativa. Ese es su mercado.

Lo que sí merece análisis es el contexto en el que esa narrativa fue validada.

Escenario masivo. Miles de asistentes. Familias completas. Jóvenes. Menores de edad. Y en medio del espectáculo, la influencer pidiendo “permiso a los marinos” para fumar marihuana antes de proceder a hacerlo. No es relevante lo que haga en su ámbito privado. Lo que importa es que ese acto ocurrió en un espacio oficial, dentro de un evento pagado con recursos públicos y bajo la organización del Ayuntamiento. En ese momento, el gesto deja de ser personal y se convierte en institucional. Y ahí es donde cambia el fondo de la discusión.

No fue un accidente. No fue una improvisación. Fue una decisión política tomada por la administración encabezada por Rosa María Hernández Espejo. Elegir a un artista para el escenario principal del Carnaval es una determinación deliberada. Implica presupuesto, implica agenda y, sobre todo, implica visión cultural. Y las decisiones públicas siempre comunican una postura.

La pregunta no es pequeña ni exagerada:

  • ¿Ese es el nivel artístico que se quiere proyectar como carta de presentación de Veracruz?
  • ¿Esa es la apuesta cultural que respalda el Ayuntamiento?
  • ¿Ese es el estándar que consideran suficiente para una tradición centenaria?

No se trata de satanizar a Yeri Mua. Ella hace lo que sabe hacer y lo hace con éxito en el ecosistema digital que la sostiene. Provocar, generar conversación, convertir cada aparición en tendencia. Eso es parte de su estrategia y le funciona. Lo cuestionable no es su coherencia con su propia marca; lo cuestionable es que el poder público adopte esa lógica como política cultural.

Veracruz no es un territorio carente de talento. Hay músicos con formación, intérpretes con trayectoria, agrupaciones capaces de llenar plazas por calidad artística y no por polémica. Existen opciones. Por eso la crítica es válida: ¿la contratación respondió a una búsqueda de calidad o a una estrategia de impacto mediático? Porque si el objetivo era posicionar el Carnaval en la conversación digital nacional durante unos días, se logró. Si el objetivo era fortalecer su prestigio cultural, la evaluación es más compleja.

Y luego está el gesto hacia los marinos. Más allá de la anécdota, la escena coloca a una fuerza de seguridad en un papel ambiguo dentro del espectáculo. Aunque haya sido una frase en tono ligero, aunque haya sido parte del show, la imagen transmite una señal: la institucionalidad convertida en elemento escénico. Y esa mezcla entre autoridad y espectáculo no es un detalle menor cuando hablamos de un evento oficial.

Lo verdaderamente preocupante no es el humo que se vio en el escenario. Es el criterio que permitió que ese momento se convirtiera en parte del programa central de una celebración pública. Porque cuando el gobierno decide quién sube al escenario principal, también está definiendo qué valores, qué narrativa y qué visión cultural respalda.

No es puritanismo. Es congruencia.

El Carnaval es historia, es patrimonio, es identidad colectiva. Convertirlo en un escaparate de polémicas previsibles puede generar conversación inmediata, pero no necesariamente fortalece su prestigio. Cuando la viralidad sustituye a la calidad como eje de decisión, no estamos ante un descuido; estamos ante una definición de prioridades.

Al final, la discusión no es sobre la vida personal de Yeri Mua. Es sobre la responsabilidad del Ayuntamiento de Veracruz, bajo el mando de Rosa María Hernández Espejo, al decidir qué financia y qué proyecta como representación cultural del puerto.

Y eso, guste o no, es un asunto público.