30 de noviembre de 2025

Por Silvia Núñez Hernández

En el México de 2025, la presidenta decidió parecerse cada día más a la deriva autoritaria latinoamericana. Claudia Sheinbaum es la versión local de Maduro, obsesionada con sofocar la protesta, perseguir la disidencia y convertir a la juventud en la amenaza que justifica la represión preventiva.

Mientras tanto, quienes realmente defendieron a sus comunidades, como Carlos Manzo**, terminaron asesinados. Un hombre que actuó como el Bukele que este país no tuvo, un líder que sí enfrentó la violencia que la federación prefiere mirar de lejos.

Pero en el tablero torcido del poder federal, el enemigo no es la violencia que incendia estados completos. El enemigo, para Sheinbaum, es un muchacho con una pancarta. Una joven gritando consignas. Un grupo de estudiantes marchando. La Generación Z.

El lunes 17 de noviembre, 19 jóvenes fueron enviados a los reclusorios Norte y Sur. Tres días privados de la libertad, con golpes visibles, miedo, incertidumbre y acusaciones fabricadas: tentativa de homicidio, lesiones, daños. Tres días por protestar. Por exigir. Por existir políticamente.

Y esos tres días no han sido solo encierro:
han sido tres días en los que sus abogados han tenido que documentar violaciones flagrantes a derechos humanos y procesales. Les han negado acceso puntual y completo a los expedientes, en abierta contravención de:

  • Artículo 20 Constitucional, Apartado A, fracciones II, V y VIII, que garantizan defensa adecuada y acceso inmediato a los registros de la investigación;
  • Artículo 1 Constitucional, que prohíbe toda restricción arbitraria de derechos;
  • Artículos 14 y 16 Constitucionales, sobre debido proceso, legalidad y motivación;
  •  y el Código Nacional de Procedimientos Penales, artículos 113, 114, 115 y 218, que obligan a toda autoridad a permitir a la defensa acceder a todos los datos de prueba.

Todo eso está siendo pisoteado a plena luz del día por un gobierno que presume transparencia mientras opera con la opacidad de un régimen viejo.

Ese mismo día, un estado completo ardió durante horas: carreteras federales paralizadas, vehículos incendiados, bloqueos simultáneos en más de una docena de municipios, comunidades enteras sometidas por el terror. ¿El saldo del gobierno federal? Cero detenidos. Ni una sola persona presentada ante la justicia.

La ecuación es de vergüenza nacional:

19 jóvenes presos por marchar; cero responsables por incendiar un estado.

Y aquí viene lo que tanto duele al poder, pero que hay que decir con todas sus letras:
quiero ver a esos cobardes granaderos, los mismos que pateaban el rostro de estudiantes tirados en el piso, enfrentar con la misma ferocidad a la delincuencia que somete territorios enteros.

Quiero verles ese “valor” que solo aparece cuando la víctima es un muchacho desarmado. Quiero verlos donde de verdad se necesita fuerza, no donde el riesgo es mínimo y la cobardía se disfraza de “operativo”.

Y mientras todo esto ocurre, la pregunta es inevitable:

¿y Rosario Piedra dónde está?

¿Para qué se pagan campañas de “defensa de derechos humanos” si la presidenta de la CNDH desaparece cada vez que el gobierno atropella a la juventud?

¿De qué sirve ese organismo si su titular calla ante detenciones arbitrarias, procesos amañados, golpes, lesiones, violaciones al debido proceso y abuso de poder?

La CNDH cuesta millones cada año y no puede cumplir su deber legal más básico: defender al ciudadano frente al abuso del Estado.

Pero eso sí: comerciales no faltan.
Resultados, ninguno.

Porque lo que ocurre no es improvisación. Es política.
Un régimen que mete a estudiantes a un reclusorio no reprime por accidente: envía un mensaje.
Un régimen que no toca a quienes paralizan estados tampoco actúa por descuido: marca prioridades.

Sheinbaum presume “paz” desde detrás de vallas, como si un muro fuera un argumento. Habla de gobernabilidad mientras fabrica culpables juveniles para ocultar su incapacidad frente a la violencia real. Repite discursos de autoridad moral que no resisten ni un día de contraste con los hechos.

El país lo entendió todo:
La protesta se castiga.
La violencia estructurada se tolera.
La juventud se encarcela.
Las regiones sometidas se ignoran.

Y ese es el verdadero quiebre democrático. Ese es el peligro. Porque donde un gobierno descubre que puede encarcelar estudiantes sin pagar costo político, termina creyendo que puede encarcelar a cualquiera.

Por eso se esconden. Por eso inventan enemigos.
Y por eso Carlos Manzo, con todas sus limitaciones, brilló donde el Estado se desmoronó: porque fue, sin quererlo, el Bukele local que México necesitaba, mientras Sheinbaum se aferra al papel de Maduro tropicalizado que nadie pidió.