26 de febrero de 2026

AGN Veracruz

Por Silvia Núñez Hernández

Esta columna no nació como ocurrencia ni como ejercicio de vanidad personal. Fuera de Foco nace —y se sostiene— en dos ideas que han atravesado más de treinta años de mi vida profesional dentro del periodismo y que explican, sin necesidad de justificación adicional, por qué escribo como escribo y por qué señalo lo que señalo. No es una columna complaciente ni busca simpatías fáciles. Es el resultado de un oficio aprendido desde abajo, con disciplina, con observación constante y con una ética que no se negocia.

La primera idea es de origen. Viene de mis inicios, cuando aún cursaba la licenciatura en la Facultad de Comunicación de la Universidad Veracruzana y me formé como reportera gráfica. En aquellos años, ser mujer y cargar una cámara no era ni común ni cómodo; tampoco era bien recibido. Éramos pocas, poquísimas. Soledad Ricarte Bravo, la primera fotoperiodista en el estado de Veracruz, abrió una brecha que no existía y que costó sostener. Después, con el paso del tiempo, apenas tres o cuatro más logramos incorporarnos a un ámbito dominado por hombres, por jerarquías rígidas y por una cultura que primero cuestionaba nuestra presencia antes de reconocer nuestro trabajo.

Ahí entendí que la fotografía no es solo técnica: es carácter. Aprendí a mirar con intención, con contexto y con responsabilidad. Aprendí que una imagen no admite simulaciones ni discursos huecos: o encuadras bien o fallas. No hay pretextos. Esa lógica —la del encuadre correcto, la del momento preciso, la de no mover la cámara para esconder errores— marcó mi forma de entender el periodismo y, más tarde, la crítica.

La segunda idea es de evolución. Llegó con los años, con el desgaste natural del oficio y con la necesidad de decir más de lo que una imagen podía contener. Llegó cuando la cámara ya no alcanzaba para explicar la complejidad de lo que ocurría alrededor y cuando el silencio empezó a parecer una forma de complicidad. Así nació AGN Veracruz, cuando aún se llamaba AGNInfoVer, y con ello el tránsito inevitable de la imagen a la palabra, de la fotografía a la escritura, de la captura visual a la crítica directa. Colgué profesionalmente la cámara, pero nunca abandoné la mirada: la trasladé al texto, con el mismo rigor con el que antes encuadraba.

Fuera de Foco es, justamente, la síntesis de ese recorrido. Nace del lenguaje fotográfico, pero se convierte en una trinchera de análisis y crítica. Aquí se escribe sobre lo que no encuadra, sobre lo que está mal colocado, sobre lo que se sale del marco ético, social y político. Corrupción normalizada, omisiones institucionales, abusos de poder, decisiones públicas que lastiman a la gente y autoridades que prefieren administrar el cargo antes que cumplirlo. Para eso existe este espacio: para incomodar cuando es necesario y para reconocer cuando corresponde, sin lealtades partidistas ni consignas.

Por eso lo que hoy escribo no está fuera de foco. Al contrario: exige precisión, exige honestidad intelectual y exige decir las cosas como son.

Lo digo sin rodeos: tenía dudas. Y no pocas. No respecto de Maryjose Gamboa, de quien conozco su trayectoria, su forma de construir y el impacto real que ha tenido en la vida de muchas personas, más allá de cualquier acción u omisión personal del pasado. Ahí no había incertidumbre. Mis reservas estaban claramente puestas en Rosa Hernández Espejo. Reservas profundas, alimentadas por la experiencia, por el contexto y por el desgaste de un partido político ampliamente señalado por prácticas de corrupción, simulación y abandono institucional.

Mi expectativa —hay que decirlo con todas sus letras— era pesimista. Anticipé una continuidad de la destrucción administrativa y financiera que dejaron Fernando Yunes Márquez y Patricia Lobeira Rodríguez, gobiernos que pasarán a la historia no por el servicio público, sino por el desfalco, la opacidad y el desapego absoluto a la ciudad y a su gente. Esa era la línea que parecía inevitable.

Sin embargo, al menos hasta ahora, el municipio se ve. Y que se vea importa. Importa mucho. Importa porque durante años Veracruz fue invisible para quienes lo gobernaban.

Se ve en las calles, en las colonias, en acciones que pueden parecer elementales pero que fueron sistemáticamente ignoradas. Limpieza de maleza, recolección de basura, atención a espacios condenados al abandono. En el fraccionamiento Geovillas del Puerto hubo presencia real, no discursos ni fotografías para redes sociales: desazolve de ductos de aguas negras, reparación de tapas, intervención directa en problemas que afectan la vida cotidiana. Esto no es narrativa política ni propaganda: es territorio. Es caminar la ciudad y constatar que alguien, al menos, está observando.

Pero el reto está lejos de haberse cumplido. Veracruz no termina en los puntos visibles ni en las zonas donde la intervención luce más rápido. Esperemos que, así como lo ha hecho Maryjose Gamboa Torales, Rosa Hernández Espejo se dé una vuelta por Tejería, donde hay calles literalmente destruidas y el abandono es histórico. Que camine Campestre Las Bajadas, donde la población vive en riesgo permanente porque empresas de carga pesada utilizan la zona residencial como si fuera un corredor industrial, violando abiertamente la ley y sin que la autoridad actúe con firmeza. Que observe La Loma, donde las calles siguen en terracería y el rezago urbano es evidente. Que revise Intercolonias, donde se gastaron millones en pavimentación sin instalar drenaje, condenando a la zona a problemas estructurales que tarde o temprano estallan.

Ahí está el verdadero desafío: sostener el enfoque cuando ya no hay reflectores, cuando el trabajo es ingrato, cuando la obra no se presume con facilidad. Mucho trabajo por hacer, muchas deudas acumuladas y una ciudad que no puede seguir avanzando a medias.

Hay además un elemento que no es menor y que merece subrayarse: dos periodistas egresadas de la Facultad de Comunicación de la UV haciendo lo que con demasiada frecuencia los políticos no hacen. Trabajar. Trabajar sin estridencia, sin espectáculo, entendiendo que el nombre propio es capital y que la credibilidad no se decreta desde un cargo: se construye con hechos. Entendiendo que el voto no es un cheque en blanco, sino una obligación permanente. Interesarse, de verdad, por el municipio que se gobierna.

Esto no es una carta de indulgencia ni un aplauso incondicional. Es un reconocimiento puntual, situado y vigilante. Que así continúen: ese es el deseo, pero también la exigencia. Porque el margen de tolerancia ciudadana es mínimo y la memoria colectiva es más larga de lo que muchos calculan.

Y en lo concreto —porque la crítica también debe aterrizar—, un pedido claro a Veracruz: mayor rapidez en la reposición de luminarias fundidas. Antes, un reporte tardaba tres días en resolverse. Hoy, después de un aviso formal, han pasado semanas. La luz no es un detalle menor: es seguridad, es prevención, es calidad de vida.

Cuando el poder decide enfocarse en lo básico, la ciudad responde. Cuando el encuadre es correcto, la imagen mejora. Ojalá esta vez el enfoque no se pierda.