27 de marzo de 2026

Por: Leticia Núñez Hernández

En una época en la que la desconfianza hacia la autoridad suele ser la norma, conviene detenerse —sin ingenuidad, pero con rigor— a reconocer cuando una institución pública hace bien su trabajo. No como concesión, sino como parte de una ciudadanía crítica que también sabe identificar avances reales.

Hoy ocurrió algo que, en apariencia, podría parecer menor: una llamada telefónica del área de Atención Ciudadana del Ayuntamiento de Boca del Río para informar que un reporte de luminaria —ubicado en Acayucan, casi esquina 29 de junio— había sido atendido y solucionado. Sin embargo, el valor de esta acción no radica únicamente en la reparación de una lámpara, sino en lo que representa en términos de gestión pública.

El seguimiento.

Porque una cosa es recibir reportes, y otra muy distinta es cerrarlos con responsabilidad institucional, informarle al ciudadano y confirmar que la acción fue ejecutada. Ese último paso —frecuentemente omitido— es el que transforma un trámite en un acto de gobierno.

Conviene subrayarlo: el mantenimiento del alumbrado público no es un favor, es una obligación. Pero cumplir con una obligación de forma completa, eficiente y con retroalimentación al ciudadano sí habla de una intención administrativa distinta. No resuelve de fondo los problemas estructurales de la gestión urbana, pero sí marca una diferencia en la forma de ejercer el servicio público.

También obliga a matizar una postura que, con razón, ha sido crítica: no deberíamos tener que reportar lo que debería ser monitoreado de manera permanente por la autoridad. Sin embargo, mientras ese ideal no se materializa, los mecanismos de reporte ciudadano siguen siendo una herramienta necesaria. Y cuando estos mecanismos funcionan —como en este caso—, es pertinente reconocerlo.

No se trata de aplaudir sin criterio. Se trata de observar con precisión.

Porque si la crítica debe ser fundada, el reconocimiento también. Y en este caso, el Ayuntamiento de Boca del Río mostró algo que no siempre es común en la administración pública: capacidad de respuesta y, sobre todo, voluntad de cerrar el ciclo de atención.

Ese tipo de acciones, aunque puntuales, construyen confianza. No la garantizan, pero sí la abren.

La ciudadanía no necesita gobiernos perfectos. Necesita gobiernos que cumplan. Y cuando eso ocurre, incluso en lo cotidiano —como una luminaria que vuelve a encender—, vale la pena decirlo.