25 de febrero de 2026

General Ricardo Trevilla y secretario de Seguridad, Omar García Harfuch

Por Rebeca Solano

La captura y abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, marcó un momento histórico en la estrategia federal de seguridad. Pero más allá del anuncio oficial, lo que quedó grabado en la memoria pública fue una imagen cargada de simbolismo político y humano.

Durante su mensaje en la conferencia matutina, el general Ricardo Trevilla informó sobre la operación que culminó con la neutralización del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. No hubo triunfalismo ni discursos grandilocuentes. Al concluir, su voz se quebró, hizo una pausa y las lágrimas asomaron.

El mando militar lamentó la pérdida de elementos del Ejército caídos en el operativo. No fue el llanto de la derrota, sino el de quien asume el costo humano de una confrontación directa contra el crimen organizado. La escena no es habitual en la vida pública mexicana: un general llorando frente a las cámaras nacionales.

Sin embargo, el momento más revelador ocurrió segundos después. Al dirigirse a su lugar, el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, se puso de pie e intentó estrecharle la mano en señal de reconocimiento. El general no respondió. Evitó el contacto y no correspondió el saludo.

El gesto fue breve, pero contundente.

Desde su posición, la presidenta Claudia Sheinbaum observó la escena y, con un leve movimiento de cabeza, dio paso a la intervención de García Harfuch para detallar la denominada “operación Tapalpa”. La ceremonia institucional continuó, pero la imagen ya había quedado registrada.

Analistas coinciden en que el episodio expuso posibles tensiones entre las dos principales estructuras del gobierno en materia de seguridad. En un contexto donde el discurso oficial enfatiza coordinación y unidad, la escena dejó entrever distancias personales o diferencias internas.

En un país golpeado por la violencia del narcotráfico, cualquier fisura en la conducción de la estrategia de seguridad adquiere relevancia. Las organizaciones criminales, advierten especialistas, no solo observan los operativos, también leen los gestos y los silencios.

El contraste histórico evocó inevitablemente otras imágenes del poder en crisis. No fue el llanto político de José López Portillo defendiendo al peso en 1982. Fue el llanto de un mando militar frente al costo humano de la guerra contra el crimen organizado.

Más allá del operativo y sus implicaciones estratégicas, la escena construyó un retrato del momento político: dolor auténtico, frialdad institucional y una coreografía de poder marcada por la distancia.

En tiempos donde la narrativa oficial busca cohesión, una sola imagen bastó para mostrar que no todo está alineado. Las diferencias no siempre se anuncian; a veces, simplemente se exhiben.

Y aquella mañana, frente a millones de mexicanos, quedaron expuestas sin necesidad de pronunciar una sola palabra.