25 de febrero de 2026

Nemesio Oseguera Cervantes

Por Rebeca Solano

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, abatido el domingo en Tapalpa, Jalisco, no sólo reconfigura el mapa criminal en México. También deja en incertidumbre las alianzas y operaciones logísticas que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) mantenía en Colombia, particularmente en zonas estratégicas para la producción y envío de cocaína.

Autoridades colombianas han identificado que el CJNG operaba laboratorios de cocaína en el Catatumbo, uno de los mayores enclaves cocaleros del mundo, en la frontera con Venezuela. Según reportes de inteligencia, el cartel mexicano pagaba arriendos a disidencias de las FARC en Norte de Santander para el funcionamiento de estos laboratorios, incluyendo mano de obra local —colombiana, venezolana y peruana—.

Fuentes judiciales señalan que en 2025 se habrían pactado acuerdos de arrendamiento mensual, mediante los cuales los mexicanos definían volúmenes de producción, logística y rutas de envío, además de pagar “impuestos” a grupos armados locales para trasladar cargamentos dentro del territorio colombiano.

Las investigaciones también documentan nexos con el Clan del Golfo, la estructura ilegal más grande de Colombia —que se hace llamar Ejército Gaitanista—, así como con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN)**. El Clan del Golfo controla rutas clave hacia Panamá, el Darién y el Pacífico colombiano, incluidos puntos estratégicos como Buenaventura y el departamento del Chocó.

Tras la firma del Acuerdo de Paz con las FARC en 2016, el vacío dejado por la desmovilización de esa guerrilla facilitó que los carteles mexicanos ampliaran su presencia en al menos nueve de los 32 departamentos colombianos, incluyendo Antioquia, Norte de Santander, Valle del Cauca, Nariño, Cauca y Meta.

A diferencia de las décadas de los grandes capos visibles como Pablo Escobar, el narcotráfico en Colombia opera hoy con estructuras atomizadas y alianzas itinerantes, sin exclusividad ni lealtades permanentes. Los acuerdos se centran en costos, rutas y protección armada.

En los últimos años, el CJNG y el también mexicano cartel de Sinaloa incrementaron su influencia no sólo en la compra de cocaína procesada, sino en la intervención directa en la producción, precios y control de rutas marítimas. De acuerdo con la Armada colombiana, el esquema suele dividir responsabilidades: los colombianos trasladan la droga hasta Centroamérica o el Caribe —Honduras y Costa Rica— y los mexicanos se encargan del resto del trayecto hacia Estados Unidos.

Informes oficiales advierten además que el CJNG ha asumido labores de seguridad y prestación de “servicios criminales” a distintas estructuras armadas, incluidas disidencias lideradas por Iván Mordisco. Las alianzas incluyen incluso intercambio de armamento por cargamentos de cocaína.

Otro componente clave ha sido el reclutamiento de excombatientes colombianos. Autoridades mexicanas han identificado la presencia de mercenarios y exguerrilleros que integran filas de organizaciones criminales desde hace más de 15 años. El CJNG ha sido uno de los principales interesados en combatientes con experiencia en explosivos y armamento militar, utilizados para adiestrar sicarios y fortalecer su capacidad operativa.

Con la caída de su máximo líder, la red de narcotráfico y cooperación criminal que el CJNG tejió durante casi dos décadas en Colombia entra en una fase de reacomodo e incertidumbre. Analistas advierten que, lejos de desaparecer, estas estructuras podrían fragmentarse o reconfigurarse bajo nuevos mandos, manteniendo activa una de las alianzas criminales más complejas del continente.