26 de febrero de 2026

EU redefine a México

Por Rebeca Solano

Para entender lo que está ocurriendo en la relación entre México y Estados Unidos, primero hay que asumir una verdad incómoda: Washington dejó de ver a México como un socio con problemas de gobernabilidad y comenzó a observarlo como una infraestructura capturada.

No fue una conclusión ideológica, sino técnica. Desde la óptica estadounidense, las grandes obras impulsadas durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no respondieron a una lógica de desarrollo, sino a una lógica criminal. Trenes, aeropuertos, puertos y corredores energéticos fueron presentados como proyectos estratégicos, pero carecían de viabilidad económica, conectividad productiva y sentido comercial real.

Según este análisis, no estaban diseñados para mover personas ni mercancías, sino para facilitar el trasiego de drogas, combustibles y flujos ilícitos. Infraestructura sin demanda, pero con rutas perfectas. Aeropuertos sin pasajeros, pero con pistas útiles. Trenes sin carga, pero con corredores estratégicos.

Cuando Washington conectó esos puntos, dejó de ver obras fallidas y comenzó a ver plataformas operativas. En ese momento, el problema dejó de ser mexicano y pasó a ser hemisférico.

Por ello, el 3 de enero adquirió un significado histórico. El 3 de enero de 1990 cayó Manuel Noriega, y 36 años después la historia no se repite, pero rima. Entonces, como ahora, un narcorégimen ilegítimo utilizó al Estado como cobertura, expulsó a millones de personas y desestabilizó a toda una región.

Desde esta lectura, lo ocurrido recientemente no es una invasión ni un acto arbitrario, sino la restitución de derechos humanos negados durante años por un aparato estatal que dejó de cumplir funciones básicas.

A partir de ese punto, nada fue improvisado. Nada fue reactivo. Todo fue secuencial y quirúrgico. La captura de Ovidio Guzmán no fue un error ni un exceso, sino una pieza colocada deliberadamente. La detención de Ismael “El Mayo” Zambada confirmó la ruta, y desde entonces el cerco comenzó a cerrarse.

Luego vinieron los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, no como episodios aislados, sino como eslabones de una misma cadena. Cada captura no cerró una historia: abrió una declaración. Y cada declaración convirtió expedientes individuales en testimonios estructurales dentro de un caso mayor.

Mientras tanto, en México se celebraban discursos y se confundía ruido con poder. En contraste, en Estados Unidos se construía un caso. No político, sino legal. Un caso sustentado en rutas, flujos financieros, decisiones de Estado, fechas y responsabilidades individuales. No buscaba titulares: buscaba sentencias.

En este contexto se inscribe el caso de Venezuela. El petróleo fue el motivo, pero no el destino. El punto de quiebre fue la alianza estratégica con Irán. Cuba no cruzó esa línea; México y Venezuela sí, al alinearse con un eje geopolítico considerado riesgo estratégico por Washington.

Sin embargo, en México nadie quiso leer la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump. Nadie entendió que China dejó de ser un competidor tolerable para convertirse en una amenaza estratégica. Tampoco se comprendieron las presiones arancelarias, el endurecimiento de las cadenas logísticas ni la reducción del margen económico.

El jaque mate ya estaba sobre el tablero, pero el obradorismo seguía celebrando la jugada anterior.