22 de junio de 2026

Por Silvia Núñez Hernández

Ayer, mientras miles de familias celebraban el Día del Padre, Alejandro Cossío Hernández se despidió de este mundo después de una larga batalla contra un cáncer neuroendocrino que enfrentó exactamente de la misma manera en que vivió: de frente, sin esconderse, sin victimizarse y sin permitir que la enfermedad le robara aquello que lo caracterizó hasta el último de sus días, una sonrisa permanente y una voluntad inquebrantable para seguir luchando aun cuando las circunstancias parecían empeñadas en demostrarle que la batalla era desigual.

Con Alejandro me unía una amistad genuina de alrededor de quince años. Lo conocí mucho más allá del empresario, del exdiputado, del dirigente empresarial o del personaje público que aparecía en los medios de comunicación. Conocí al ser humano. Al hombre que podía estar atravesando uno de los momentos más difíciles de su existencia y aun así encontrar la manera de hacer reír a quienes lo rodeaban. Al amigo que convertía una simple comida en una conversación memorable. Al hombre sociable, agradable, inteligente y profundamente humano que jamás permitió que la adversidad definiera quién era.

Por eso resulta imposible hablar de Alejandro sin hablar también de la enorme injusticia que cargó sobre sus hombros durante los últimos años de su vida.

Los medios nacionales recuerdan hoy que Alejandro fue uno de los empresarios veracruzanos afectados por el colapso financiero provocado durante la administración de Javier Duarte de Ochoa. Recuerdan que el gobierno quedó a deberle más de cincuenta millones de pesos derivados de servicios especializados e insumos médicos proporcionados al sistema estatal de salud. Recuerdan también que falleció sin que ninguno de los gobernadores que sucedieron a Duarte resolviera definitivamente esa deuda institucional.

Pero detrás de esas cifras existe algo mucho más grave que un expediente administrativo.

Existe una persona.

Existe una familia.

Existe una enfermedad.

Existe un hombre que mientras luchaba por conservar la vida también tenía que preocuparse por conseguir recursos para enfrentar tratamientos médicos cada vez más complejos y costosos.

Porque resulta muy cómodo para los gobiernos esconderse detrás de tecnicismos presupuestales, de procedimientos administrativos o de discursos sobre la falta de recursos, pero cuando una deuda pública condena a una persona a vivir bajo una presión económica permanente mientras intenta sobrevivir a una enfermedad devastadora, la discusión deja de ser financiera para convertirse en una discusión moral.

Y ahí es donde la actual gobernadora Rocío Nahle queda inevitablemente exhibida.

Porque jamás se tentó el corazón para resolver el problema de Alejandro Cossío. Jamás mostró la sensibilidad política ni humana para atender un caso que trascendía cualquier diferencia ideológica, partidista o burocrática. Jamás entendió que detrás de aquellos más de cincuenta millones de pesos no existía únicamente una cuenta por pagar, sino la posibilidad de que un hombre pudiera concentrar todas sus fuerzas en luchar por su salud y no en buscar desesperadamente cómo financiar tratamientos, medicamentos y atención especializada.

Lo verdaderamente doloroso es que ni siquiera se intentó una salida humanitaria. Ni siquiera existió la voluntad de garantizarle atención médica de primer nivel por parte de un gobierno que presume sensibilidad social a cada oportunidad. Alejandro tuvo que buscar alternativas en el extranjero, asumir costos enormes y enfrentar una enfermedad brutal mientras continuaba arrastrando el peso de una deuda que jamás debió existir.

Y no, no estoy afirmando que Rocío Nahle provocó el cáncer de Alejandro. Lo que afirmo es algo distinto y profundamente incómodo: cuando un gobierno tiene la posibilidad de ayudar y decide permanecer indiferente, esa indiferencia también tiene consecuencias humanas.

Ayer Alejandro partió. Se fue precisamente en una fecha significativa, el Día del Padre, dejando un profundo vacío entre quienes tuvimos la fortuna de conocerlo. Se fue un empresario exitoso, un líder social, un hombre de convicciones firmes, pero sobre todo se fue un amigo entrañable cuya mayor lección nunca estuvo en los negocios ni en la política, sino en la manera extraordinaria con la que enfrentó cada golpe que le puso enfrente la vida.

Hoy me uno a la pena que embarga a su familia, a sus amigos y a todos aquellos que compartieron parte de su camino. Me uno también desde la gratitud por haber conocido a un ser humano excepcional que jamás perdió la capacidad de sonreír aun cuando tenía razones de sobra para hacerlo.

Descansa en paz, querido Alejandro.

La enfermedad terminó por vencer a tu cuerpo, pero jamás pudo vencer tu espíritu. Quienes tuvimos el privilegio de llamarte amigo sabemos que esa será la verdadera herencia que dejas: la enseñanza de que la dignidad no consiste en evitar la adversidad, sino en mirarla de frente y seguir caminando incluso cuando el camino parece imposible.