
AGN Veracruz
Por Silvia Núñez Hernández
Hay personajes dentro de las estructuras públicas que jamás necesitaron un gran cargo para convertirse en verdaderos mecanismos de violencia institucional. No requieren una dirección general, una subsecretaría ni una oficina con placas doradas. Les basta una mínima cercanía con el poder para intoxicarse de él y comenzar a utilizarlo como herramienta de control, humillación y persecución contra quienes consideran incómodos, más capaces o simplemente imposibles de someter.
Son hombres y mujeres profundamente resentidos, atrapados en complejos personales que terminan proyectando en los espacios laborales. Sujetos que descubren que la burocracia puede convertirse en un arma y que, bajo el amparo de estructuras políticas permisivas, encuentran la oportunidad perfecta para explotar, discriminar, aislar y hostigar a otros trabajadores.
Y sí, Morena también está lleno de esos perfiles.
No hablo de ideologías. Hablo de patologías de poder.
De personajes que convierten las oficinas públicas en pequeños feudos personales; diminutos cotos de poder desde donde intentan decidir quién entra, quién habla, quién se somete y quién debe ser destruido. Individuos carentes de empatía, profundamente egocéntricos, con rasgos narcisistas y conductas cercanas a la sociopatía funcional, que necesitan sentirse superiores porque emocionalmente viven atrapados en complejos de inferioridad que jamás lograron resolver.
Es la historia de “Chaira”.
Una mujer que no posee poder verdadero, pero que encontró en la subordinación política y en la manipulación emocional de una jefatura débil, el mecanismo perfecto para sentirse importante. Chaira no dirige nada; se cuelga del cargo ajeno para fabricar la ilusión de autoridad. Utiliza a una superior incapaz de sostener liderazgo propio, la convierte en extensión de sus obsesiones y desde ahí ejecuta pequeñas guerras personales disfrazadas de “disciplina institucional”.
Porque ese es precisamente el combustible de estos perfiles: el poder prestado.
Necesitan sentirse dueños de algo. Aunque sea de un escritorio, de una firma, de un pase de entrada o de la capacidad de fastidiarle la vida a otra persona. Construyen pequeños reinados burocráticos donde creen que pueden decidir destinos laborales y emocionales ajenos. Y cuando alguien amenaza ese diminuto reino de resentimiento, reaccionan con una violencia emocional desproporcionada.
El fenómeno no es menor ni anecdótico. Una especialista en psiquiatría consultada sobre este tipo de perfiles advierte que dichas conductas encajan en patrones clínicos relacionados con rasgos de disocialidad, hostilidad crónica y dinámicas de abuso psicológico dentro de entornos laborales jerarquizados.
La especialista explica que estos perfiles suelen desarrollar una necesidad patológica de control sobre terceros, particularmente cuando perciben amenaza en personas con mayor preparación, autonomía o reconocimiento social. El problema se agrava cuando encuentran estructuras institucionales cobardes o permisivas que les facilitan operar mediante el chisme administrativo, la exclusión, la fabricación de narrativas y el desgaste emocional sistemático.
Y entonces aparece el verdadero rostro del autoritarismo burocrático: no el del gran funcionario que da órdenes desde arriba, sino el del operador mediocre que disfruta destruir desde abajo.
Porque hay algo profundamente revelador en estos perfiles: necesitan destruir para sentirse existentes.
La psiquiatría contemporánea advierte que ciertos rasgos disociales encuentran placer funcional en la degradación ajena. La humillación del otro se convierte en mecanismo compensatorio para cubrir vacíos de inferioridad, frustración y fracaso personal. Por eso estas personas suelen obsesionarse con vigilar, perseguir, reportar, excluir o intentar destruir reputaciones laborales. No trabajan para construir instituciones; trabajan para alimentar su propia sensación artificial de superioridad.
Y cuando el coto de poder comienza a fracturarse, el cuerpo termina hablando.
La misma especialista advierte que muchos de estos perfiles desarrollan respuestas somáticas derivadas de su incapacidad para regular emocionalmente el enojo, la frustración y la necesidad enfermiza de control. En el caso de Chaira, cuando la jefatura que utiliza como instrumento deja de cumplirle caprichos o le niega espacios de control, la reacción es inmediata: se vierte emocionalmente contra la propia figura que antes utilizaba como medio de poder y entra en procesos severos de somatización cutánea que pueden prolongarse durante semanas, con inflamaciones y lesiones que incluso limitan su movilidad física.
El cuerpo literalmente termina explotando aquello que la mente no logra contener.
Brotes cutáneos, inflamaciones crónicas, crisis físicas recurrentes y deterioro orgánico suelen convertirse en expresiones biológicas de una personalidad permanentemente intoxicada por la hostilidad. Son demonios internos que terminan autodestruyéndolos lentamente desde dentro. El resentimiento constante termina convirtiéndose en una enfermedad que consume primero la estabilidad emocional y después el propio cuerpo.
El problema es que las instituciones mexicanas no saben cómo enfrentar estos perfiles porque incluso terminan premiándolos. Se vuelven útiles para los grupos políticos porque son operadores obedientes, agresivos y carentes de límites éticos. Funcionan como instrumentos de desgaste contra trabajadores incómodos, periodistas críticos o personas que se atreven a cuestionar abusos.
Y ahí es donde el sistema entero comienza a pudrirse.
Porque cuando una estructura pública permite que resentidos emocionales administren pequeñas cuotas de poder, la institución deja de servir al interés público y se convierte en una maquinaria de persecución interna.
Lo más grave es que muchos de estos personajes ni siquiera entienden el daño que provocan. Confunden miedo con respeto. Sumisión con liderazgo. Hostigamiento con autoridad. Y en esa distorsión psicológica terminan creyéndose indispensables, cuando en realidad solo son el síntoma más visible de un aparato institucional profundamente enfermo.
En el fondo, Chaira no es un caso aislado.
Es el retrato clínico y político de una generación de operadores burocráticos que encontraron en el poder prestado la única forma de sentirse superiores.
