
Por Salvador Camarena/CAMBIO 22
La marea rosa se ha graduado. La contestataria expresión de rechazo al obradorismo surgida el sexenio pasado ha alcanzado la mayoría de edad democrática. El Instituto Nacional Electoral lo ha certificado como partido. Coronan así un gran esfuerzo un variopinto puñado de liderazgos ciudadanos y políticos; el sueño de convertirse en verdadera opción en las urnas, empero, apenas inicia.
Estos tiempos obligan a nunca dar por hecho nada. El obradorismo ha capturado las instituciones de forma que cumplir con duros requisitos no basta para alcanzar un objetivo. La chapucería contra adversarios desde el poder se ha vuelto moneda corriente. Así que hasta el último minuto del jueves estuvo en duda si Somos México, el apelativo de la maduración de la marea rosa, recibiría aprobación del INE. Sí pasó.
Hubiera sido extraño que Somos México no naciera. En sus filas tiene cuadros políticos y activistas con harta experiencia en la grilla. Saben de sobra cómo hacer asambleas, competir en debates en los medios y, con vibrantes muestras de ello en las megamarchas opositoras más contundentes entre 2018 y 2024, llenar calles para rechazar algo. Con seriedad trabajaron para volverse partido; su mérito es premiado.
Somos México se suma a la partidocracia y nadie puede negar que es una buena noticia para el país. Más partidos, más opciones para los ciudadanos, fue una añeja demanda de la sociedad mexicana desde antes de las alternancias: que solo el votante discrimine, que nadie tenga que depender de la discrecionalidad del supremo a la hora de postularse, que aparecer en las boletas sea lo más fácil posible…
Logrado el objetivo inicial, lo que sigue para no acabar siendo flor de un día que no resiste la dura prueba de las urnas en un mercado hipercompetido será muy arduo. Hay otros siete partidos que buscarán que la vida de Somos México sea tan efímera como las marchas que organizaron en contra de AMLO. El recién llegado tiene en los opositores a Morena su primera línea Maginot, un no pasarán cantado.
La hora de esa camaradería en la oposición ha terminado. Si el antiobradorismo los juntó, ese mismo rechazo compartido ha de separarlos en lo inmediato. La identidad clara y contrastable en la boleta es crucial para sobrevivir. Los amigos de ayer no lo son más.
Porque la marea rosa no fue nunca químicamente pura. En las jornadas previas y posteriores a cada marcha, esa torre de Babel sí tenía una lengua compartida. Su esperanto fue el antiobradorismo, cartas credenciales que comparten perredistas, priistas y panistas.
Las marchas son de quienes las trabajan; no se llenan de la nada. Los amplios contingentes que se materializaron al llamado de los líderes de la marea rosa fueron compuestos lo mismo por ciudadanos independientes temerosos de la captura del INE, por ejemplo, que de clientelas de partidos que siempre movilizan a esas legiones que son usadas lo mismo para promover el voto que como multitudinario paisaje en fotos para las engañosas redes sociales.
En otras palabras, marea rosa sin origen prianista es incorrecto. Así fue, así no tiene que ser. No demerita a las protestas que fueron el germen del nuevo partido el haber sido infladas con lo que queda de la maquinaria priista y de los padroneros panistas. El error sería pensar que lo que fue, será, que el impulso inicial es suficiente para zarpar a la orilla del 2027. En la barca rosa faltarán los remos prianistas.
No solo es cuestión de números. La opinión pública saludará el arribo de un nuevo actor político interrogándoles lo elemental: nacieron en contra de AMLO, ahora expliquen a favor de qué están, qué quieren. Para decirlo con todas sus letras, Somos México se nutrió del odio, del despecho incluso; y del temor. No son los mejores ingredientes para enamorar a un electorado… salvo que seas un populista. ¿Es el caso?
En las marchas rosas no hubo elemento que dé pauta a pensar que el nuevo partido acogerá a aventureros que tratarán de usar los vientos que desata Morena para invitar a la sociedad mexicana a un pendulazo. Al contrario, sus oradores principales eran síntesis del, digámoslo así, el espíritu de la alternancia. Quizá ahí está su primera baza: denunciar traiciones prianistas a las promesas de lo rescatable de la transición.
Distinguirse o morir es la divisa más importante para la nueva fuerza política. Distinguirse en la deforme masa antiobradorista. Articular una convincente oferta de originalidad entre sus amigos del PAN (algunas figuras de ese partido han estado en sus foros) y de sus aliados (no los pueden negar) del PRI. Si muchos votos tienen oportunidad de disputar, son los de sus socios de aventura en aquellas marchas.
Hace mucho que falta en el debate político un discurso opositor que no sea de hueca nostalgia. Las élites siguen sin comprender lo profundo que ha calado la retórica morenista. Las viudas de la transición parecen nietas de don Susanito Peñafiel. Edulcoran tiempos idos sin hacerse cargo del insoportable costo de la asimetría entre lo que tenía y podía apenas un puñado, y lo que padecían decenas de millones.
PRI y PAN no han dejado error sin cometer al entenderse como oposición. El más reciente, para nada sorpresivo, es denunciar al “narcogobierno” (como si la narcopolítica hubiera surgido en 2018, como si no tuvieran cola que les pisen). La gente quiere bienestar, no sentencias hipócritas. El PRIAN apuesta a un inminente derrumbe que solo existe en las iPads que revisan mientras en camionetas de lujo ponen el aire acondicionado. Lo que cancela la osadía de los actuales dirigentes prianistas es que perder es más redituable que el riesgo de ser vistos por Morena como real amenaza. Son la funcional oposición.
Somos México no tiene la opción prianista de pudrirse de a poco. Se juega el todo o nada de mantener el registro, y retener la ilusión de quienes les apoyaron en las marchas que hoy sirven para el recuerdo como hazañas que les hicieron llegar hasta donde están, pero difícilmente podrán emular en el futuro cercano. ¿Sabrán ahora avanzar desde el aire, en lo mediático, donde tienen otro competidor?
Movimiento Ciudadano lleva décadas demostrando que se puede vivir en medio de la polarización de obradoristas y antiobradoristas. No le ha resultado fácil ni sin costos, pero tiene dos importantes gubernaturas y una capacidad de llamar la atención que habla de talento: sus vocerías y dirigentes suelen hacer mucho con poco, así estén lejos de amenazar con ser LA oposición a Morena.
Esa disputa por tercero en discordia enfrentará a MC y Somos México. ¿A quién desfondarán estos últimos? ¿A esa generación de rentistas en la dirigencia del PAN, o a los naranjas, hábiles para capturar toda oportunidad mediática? Si los de la marea rosa creen que Movimiento Ciudadano es puro morenismo buenaondita, se podrían llevar una mala sorpresa. Dante y los suyos son más que expertos en naufragios.
Al final de cuentas, la batalla importante de los recién llegados a la fiesta electoral es puertas adentro. Es preciso un “¿y nosotros, qué somos?”. Mediante epítetos como “cartuchos quemados”, “políticos de café”, “buscachambas”, “renegados”, pretenden reducirlos a actores de reparto. Si se dejan definir por el adversario, serán la mejor noticia para Morena: otra carta para el divide a la oposición y vencerás.
Hay en el electorado un macizo apoyo para Morena de más o menos 40%. Las rémoras del oficialismo podrían sumarle unos puntitos más. El resto del pastel se lo reparten priistas, panistas y hasta emecistas en rebanadas demasiado simétricas o no tan lejanas en porcentaje unas de otras, sobre todo si se ven los altos niveles de rechazo al PRI, lo artrítico de la banda de fluctuación del PAN.
Nacido de la marea rosa, Somos México tiene una oportunidad de renacer. Le quieren prohibir mantener nombre y color. Es una bendición además de una chicanada del INE guinda. Qué mejor coyuntura para renombrarte que poder decir que te temen.
RHM/RCM
