19 de mayo de 2026

Por Fernando Belaunzarán

Algo se rompió. Los escándalos se siguen sucediendo, pero ahora están pagando los costos.

La caída de Morena ya no es marginal sino significativa y lo mismo puede decirse de la presidenta Sheinbaum.

El teflón resistió, pero todo por servir se acaba y, dado el pantano en el que se metieron por negarse a detener y extraditar presuntos narcopolíticos, situación agravada con la entrega voluntaria de dos de ellos, no pueden mas que seguir hundiéndose.

La multicitada encuesta de Lorena Becerra, levantada del 7 al 12 de mayo, da cuenta del desgaste del oficialismo y de una tendencia que les será muy difícil contener, no digamos revertir.

En tan solo un año, Morena pasó del 45 por ciento de intención de voto para diputados federales al 33 por ciento y la crisis por las solicitudes de extradición apenas comienza.

La caída de Sheinbaum no es menos dramática: su aprobación fue del 80 por ciento al 59 por ciento y su rechazo del 15 por ciento al 39 por ciento.

Hay empate en 47 por ciento respecto a si el país debe seguir gobernado por Morena o es preferible la alternancia, pero el 68 por ciento piensa que personajes del partido oficial han sido financiados o sobornados por el crimen organizado.

El porcentaje es alto y todavía no se habían entregado los que manejaban la seguridad y el dinero en el gobierno de Rocha Moya, algo que en sí mismo es confesión de culpabilidad.

La creciente percepción de sus nexos con la delincuencia explica en buena medida el tobogán en el que se metieron.

El meollo de la angustia obradorista es que lo menos que espera obtener la administración Trump es mucho más de lo que están dispuestos a otorgar por sentido de sobrevivencia.

Sinaloa no fue accidente ni excepción, al contrario, fue centro neurálgico de una estrategia elaborada desde mero arriba para ganar el mayor número de gubernaturas en 2021, la cual incluyó acuerdos inconfesables con grupos criminales que se beneficiaron ampliamente con su acceso al poder político.

Por eso el gobernador puede ser la carta que, cayendo, derribe el castillo de naipes.

Por lo pronto se vino abajo la narrativa de Sheinbaum.

Estaba parapetada exigiendo pruebas de la colusión de Rocha Moya y nueve más, a pesar de todo lo que se ha revelado desde su campaña y lo que se supo a raíz de la captura del Mayo Zambada y el asesinato de Melesio Cuén, cuyo montaje de la Fiscalía estatal para hacerlo pasar por intento de robo fue exhibido por la FGR.

La inminente colaboración del general Gerardo Mérida Sánchez y del contador Enrique Díaz Vega con las autoridades norteamericanas volvió insostenible insistir en la supuesta falta de evidencias.

El control de daños ha sido por demás desafortunado y no se ve como puedan salir del hoyo en el que su propia retórica los metió.

La confianza populista en la propaganda, esa que piensa que todo se puede resolver con saliva, altavoces y replicadores, se topó con pared; pero son incapaces de corregir. Niegan lo que salta a la vista y muchas poblaciones padecen.

Los cientos de familias indígenas huyendo de la violencia en Chilapa, Guerrero, es un elocuente botón de muestra de esa infame realidad que se vive en muchas zonas del país.

Las arengas masiosares que llaman a defender la soberanía han perdido fuerza con la integración económica y la migración que manda millonarias remesas a sus familias, no se diga cuando se utilizan para proteger criminales.

Además, suenan poco convincente después de la infinidad de concesiones insólitas que Sheinbaum ha hecho a los Estados Unidos. Se rehúsa a procesar a un puñado de políticos de su partido, donde un juez de acordeón definiría la extradición, cuando entregó a 92 mexicanos sin juicio.

Para colmo reciclan el mensaje de superioridad moral de la “transformación”.

No podían ser más anticlimáticos.

Asegurar que en su “movimiento” no caben los corruptos ni los privilegios es un mal chiste con risas grabadas a estas alturas del partido.

Cada día surgen nuevas revelaciones que los desmienten y eso es algo que no pueden detener.

Todos los incentivos de la corrupción se incrementaron con el obradorato: opacidad, discrecionalidad, falta de contrapesos, ausencia de rendición de cuentas e impunidad garantizada con instituciones capturadas.

Por eso están en caída libre.