
Por Luis Carlos Ugalde
Siete de cada diez jóvenes mexicanos de 15 años no tienen las competencias básicas de matemáticas.
¿Qué significa eso en la vida real?
Que muchos no pueden resolver algo tan cotidiano como saber cuál de dos productos sale más barato por kilo si uno cuesta 80 pesos por 500 gramos y otro 120 pesos por un kilo.
No hablamos de cálculo avanzado, sino de usar las matemáticas para tomar decisiones elementales.
La mitad tampoco alcanza el nivel básico de comprensión lectora. Muchos pueden leer una nota de periódico, pero tienen dificultades para explicar su mensaje principal, distinguir la idea central de la información secundaria o relacionar dos partes del texto.
Y alrededor de la mitad tampoco puede interpretar una gráfica sencilla de precios o contagios y determinar si están subiendo o bajando o si los datos respaldan lo que afirma el texto.
Son los resultados de PISA 2025: México está reprobado y les está robando el futuro a millones de jóvenes. No porque carezcan de inteligencia o ganas de aprender, sino porque después de pasar una década en las aulas llegan a los 15 años sin las herramientas para competir en el mercado laboral que viene.
En un mundo de inteligencia artificial, automatización y economía del conocimiento, saber leer, razonar y resolver problemas es el piso mínimo para construir un proyecto de vida profesional.
Frente a este desastre, ayer la Presidenta quiso lavarse las manos. Dijo que el problema no es exclusivo de México, que en lectura han caído muchos países y que las plataformas digitales han afectado el aprendizaje. Es verdad que el deterioro educativo es internacional.
La OCDE documenta retrocesos importantes en lectura y matemáticas en buena parte de sus países y señala factores como la disminución de la lectura por placer, la expansión de las pantallas y formas de lectura digital más rápidas y superficiales.
Pero México obtiene malos resultados desde que comenzó a participar en PISA en 2000. La pandemia y TikTok pueden haber agravado el problema; no lo crearon. Tampoco explican por qué algunos países lograron avanzar.
Turquía mejoró entre 2022 y 2025 en ciencias, lectura y matemáticas. Filipinas, un país de más de 100 millones de habitantes, también mejoró en las tres áreas. No todos están condenados a empeorar.
Ayer el secretario de Educación también quiso evadir su responsabilidad. Mario Delgado descalificó PISA por tener, según él, un alcance limitado y defendió las evaluaciones que realizan los propios maestros.
Pero los gobiernos de Morena cuestionan las evaluaciones externas al mismo tiempo que desmantelaron buena parte del sistema nacional que permitía medir los aprendizajes de manera independiente y comparable.
En 2019 desapareció el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación y se descontinuó la prueba PLANEA para tercero de secundaria.
Primero dejaron al país sin termómetro propio y ahora desacreditan el termómetro internacional.
Durante su segundo informe, la Presidenta presumió que el bienestar del pueblo ha aumentado. Y es cierto.
Pero se trata, en buena medida, de bienestar presente.
El bienestar futuro está comprometido porque millones de jóvenes no cuentan con las habilidades para salir adelante.
Hoy un estudiante recibe una beca para comprar útiles, pero termina la educación básica sin las matemáticas necesarias para trabajar en una economía cada vez más tecnológica.
Hoy una familia recibe un apoyo para transporte, pero uno de cada dos jóvenes llega a los 15 años sin comprensión lectora básica.
El gobierno tiene tan poca imaginación que frente a casi todos los problemas su respuesta es dar dinero.
Transformar el sistema educativo exige algo mucho más difícil: mejorar la enseñanza de matemáticas, capacitar maestros, evaluar resultados, corregir planes de estudio y garantizar que una escuela tenga agua, internet y materiales suficientes.
Dar dinero es sencillo y políticamente rentable. Reformar la educación es difícil y sus beneficios tardan años. Una beca se agradece hoy. Una mala educación se paga durante toda la vida.
Para cuando llegue la factura, quienes tomaron las decisiones ya no estarán en el gobierno. A los jóvenes les quedará pagarla.
