
Por Silvia Núñez Hernández
El aplaudidor oficial de la CEAPP. Un personaje al que durante años se le ha identificado como un auténtico mercenario de la comunicación. Hoy se desvive en elogios para Rocío Nahle; ayer hacía exactamente lo mismo con el PRI y, cuando el viento político cambió de dirección, también encontró acomodo con el PAN. Su verdadera lealtad jamás ha estado con la libertad de expresión, mucho menos con los periodistas. Su única fidelidad ha sido hacia quien le garantice permanecer cerca del presupuesto público. Mientras conserve el cargo, poco parece importarle pisotear su propia credibilidad y exhibir una ausencia absoluta de congruencia.
Y justamente cuando Veracruz vuelve a ocupar titulares nacionales por uno de los episodios más dolorosos para el gremio periodístico, ese personaje decide aparecer en redes sociales aplaudiendo los supuestos logros del gobierno estatal. La Fiscalía General del Estado acaba de solicitar el desafuero del alcalde de Ixhuatlán del Sureste, Raúl González Martínez, a quien señala como presunto autor intelectual del secuestro y homicidio de la periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez. Independientemente del resultado que arroje el proceso judicial y del respeto absoluto al debido proceso, el solo hecho de que exista una imputación de esa magnitud debería haber provocado que la Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas (CEAPP) asumiera una postura firme, sensible y comprometida con la defensa del ejercicio periodístico. En cambio, uno de sus comisionados prefirió hacer exactamente lo contrario: convertirse en porrista del poder.
Lo verdaderamente grave no es una publicación en redes sociales. Lo preocupante es lo que representa. La CEAPP no fue creada para halagar gobernadores ni para construirles una narrativa positiva. Esa institución nació como respuesta a la violencia que durante décadas ha golpeado a periodistas veracruzanos; surgió para acompañar víctimas, exigir investigaciones diligentes, reclamar justicia cuando un comunicador es agredido y convertirse en un contrapeso frente a los abusos del poder. Cuando uno de sus comisionados decide utilizar la investidura para elogiar al gobierno en lugar de defender con firmeza a quienes integran el gremio, la institución pierde sentido y traiciona la razón misma de su existencia.
No se trata de un hecho aislado. Es una forma de entender el servicio público. Durante años hemos visto cómo algunos integrantes de la CEAPP parecen sentirse más cómodos cultivando relaciones con el poder político que construyendo confianza entre periodistas. Mientras cobran puntualmente salarios que salen del bolsillo de los veracruzanos, disfrutan de viáticos, oficinas y una estructura financiada con recursos públicos, la percepción entre buena parte del gremio continúa siendo la de un organismo distante, omiso y poco dispuesto a incomodar a quienes gobiernan. La protección termina siendo secundaria; lo verdaderamente importante parece ser conservar el cargo y la cercanía con el Ejecutivo.
Por eso resulta inevitable preguntarse para quién trabajan realmente. Porque un comisionado que guarda prudente silencio cuando un periodista enfrenta riesgos, pero encuentra tiempo para celebrar cada acción del gobierno, termina enviando un mensaje devastador. La independencia deja de existir. La autonomía se convierte en un discurso vacío. Y la confianza, que es el principal patrimonio de cualquier organismo de protección, se desmorona poco a poco hasta desaparecer.
No es casualidad que cada vez más periodistas expresen desencanto hacia la CEAPP. La credibilidad no se pierde de un día para otro; se erosiona con cada omisión, con cada silencio oportunista y con cada fotografía donde los comisionados parecen más interesados en agradar al poder que en cumplir la misión que la ley les encomendó. Cuando un organismo encargado de proteger la libertad de expresión termina comportándose como un espectador complaciente del gobierno, deja de ser un aliado del gremio para convertirse en parte del problema.
El poder tiene una característica invariable: es pasajero. Hoy muchos creen que la cercanía con el gobierno les garantiza impunidad, influencia o permanencia. Así pensaron otros antes que ellos. Todos terminaron descubriendo que los cargos concluyen, los presupuestos se agotan y los protectores políticos cambian. Entonces desaparecen los aplausos, las fotografías oficiales, las invitaciones a los eventos y los discursos de ocasión.
Lo único que permanece es la memoria. Y la historia suele ser implacable con quienes, teniendo la enorme responsabilidad de defender periodistas, decidieron cambiar la dignidad institucional por la comodidad de convertirse en aplaudidores del poder.
